
Estaba en casa traduciendo unas canciones de Marlene Dietrich grabadas en un disco de pizarra. El sonido artificial salía, como si estuviese pidiendo perdón, por la trompa de un gramófono que había comprado en el rastro de la plaza de Toros. Sabía que era robado porque cuando lo llevé a casa todavía guardaba el número de inventario de un museo. Me daba igual su procedencia no tenía ninguna intención de devolverlo. Escuchar canciones de cabaret me hace tener ganas de beber Cognac y fumar puritos. Es una lástima que esté dejando el tabaco. Los parches de nicotina son un asco sobretodo cuando comienza a hacer calor.
Me había acercado a la caja fuerte, es allí donde tengo guardadas las botellas. El mueble-bar ha muerto y no me imagino su resurrección en los catálogos de IKEA. Siempre he comparado los grados de licor a los quilates de una joya, así que sólo entran en la caja de seguridad las botellas de más de 24º. Sonó el teléfono cuando estaba a punto de introducir la contraseña. Uno, siete, ocho, nueve. 1789, la fecha de la Revolución francesa. Le compré el piso a un Señor de Pau. La caja fuerte estaba empotrada en el salón, bajo un tapiz deprimente de temas costumbristas. No me molesté en cambiar el número. No solía recibir llamadas a esa hora
- Dígame
- Soy Fernando. Espero que no hayas cenado
- No, todavía no
- Tienes que venir a mi casa. Ven o te arrepentirás toda la vida. Es una oportunidad irrepetible
Bajé las escaleras y cogí un taxi. Me dejó en el portal de casa de Fernando. El cruce de Tenor Fleta y San José. Desde su terraza, vive en un octavo, me encanta mirar la guardería racionalista que parece un platillo volante a punto de despegar.
Fernando abrió la puerta de su casa. Una sonrisa de nerviosismo me indicó que algo extraño estaba sucediendo.
- Entra, entra. Hoy es una noche grande. Vamos a cenar bucardo
-¿Qué?
- Bucardo
- Ya te he oído, pero no es posible. Están extinguidos
- Lo están. Te acuerdas de la casa de mis tíos en Benasque…
Fernando me explicó que en su última visita al Pirineo se pasó a visitar a unos tíos solteros muy aficionados a la caza. Los tíos se empeñaron en que se llevase un jabalí que tenían guardado en el arcón congelador de la despensa, pero se encontró un bucardo congelado. Fernando les preguntó dónde y cuándo habían abatido al animal. Los tíos con la naturalidad de quien ha crecido en la montaña le dieron toda clase de explicaciones. Por la fecha que Fernando pudo deducir, nos íbamos a comer el último ejemplar de una especie desaparecida. Una vez leí que unos exploradores soviéticos perdidos en Siberia pudieron sobrevivir gracias a que encontraron un mamut en el desierto glacial y emplearon su carne para alimentarse mientras esperaban un rescate con la angustia de verse rodeados de la inmensidad del hielo y las banquisas. Nuestra velada fue menos épica. No corrimos ningún peligro. Como cena fue bastante mala, la carne de bucardo tiene un sabor mediocre. De una cosa estoy seguro, no volveré a probarla.