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Para no dilatar mucho los plazos ya llega un nuevo relatillo. Se trata del último fragmento que he pasado al ordenador de un relato mucho mayor. Muchísimo mayor. Los días siguientes fueron más de lo mismo. Trabajo. Casa, Backgammon y documentales de animales. Charlas con Dimitri con un café de baja calidad que se podría definir mejor como achicoria. Más casa, Más trabajo y más documentales de animales. Por lo menos, había dejado de beber Brandy. No había probado una gota de alcohol en los últimos cuatro días. El quinto era un jueves. La espiral rutinaria que era mi vida se quebró como una masa de hojaldre seco. Estaba en el trabajo pensando en los dos años en los que había estado viviendo con Sonia. Recordaba la tarde en la que me di cuenta de que lo nuestro no iba a funcionar. Eso fue la segunda vez que nos veíamos a escondidas en el taller de su padre. Hacíamos el amor dentro de una escultura metálica que acababa de vender a un Museo suizo. Sonia llevaba una pulsera de plata que hacía un ruido deshumanizado al golpearse con la superficie de zinc en la que estaba construida la obra no figurativa. Recuerdo que cuando me corrí, parte del semen cayó sobre la escultura, así que mi ADN debe estar expuesto en una sala del Instituto de Arte Contemporáneo de Lausana. Eso va a ser lo más cercano que voy a estar de exponer en un Museo. Espero que los conservadores helvéticos no tengan nunca que restaurar la pieza de Ismael Gutiérrez. Al limpiar los restos físicos de la pasión sobre la superficie metálica supe que no teníamos futuro. Cuando lo dejamos dos años después, Sonia me confesó que también sabía que lo nuestro iba a ser como una escultura de hielo que se derretiría a los pocos rayos de sol. Como siempre me había ganado. Lo sabía desde el día que su padre nos presentó “Aquí mi hija. Aquí el joven Sr Faus, mi sucesor artístico…” |