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03/01/2008

RELATO DE AÑO NUEVO

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Todos los domingos de primavera, en los que las mañanas soleadas permiten desayunar al aire libre, me gusta levantarme bastante temprano con la sensación de que media hora más de cama hubiese sido remedio suficiente para estar fresco durante todo el día. Dejo a Laura dormida. Suelo apoyar con suavidad el nórdico sobre su cuello desnudo y me quedo contemplando su respiración ensimismada por unos breves instantes. Luego bajo a comprar el Heraldo al kiosco de la plaza San Pedro Nolasco que está enfrente del edificio anaranjado del Museo del Teatro Romano. El ritual de lectura del Heraldo no ha variado a lo largo de los años. Comienzo desde la contraportada en una marcha atrás informativa que finaliza con las noticias de local. Han cambiado columnistas, directores, suplementos incluso formatos, cada vez más pequeños. Con lo bonitas que eran esas páginas sábana de mi infancia capaces de cubrir el suelo de un apartamento con un sólo ejemplar para los días de reformas en casa, o lo útiles que eran las hojas de los anuncios clasificados por palabras para fabricar figuritas de papel maché. En un acto de rebeldía sin causa me resisto a sucumbir a las leyes del Marketing que sitúan los anuncios más caros en las páginas impares.

Hay otros hábitos de las mañanas de los fines de semana que han permanecido invariables, como el vermú casero endulzado con sifón de Bodegas Cabrera o tomar un par de salmueras en cazalla de los Almau, mientras observo colgado en la pared un calendario de los años treinta, atrapado en el tiempo, en el que todos los días son doce de octubre. Por el contrario otras costumbres se han diluido con los años convirtiéndose en simples ecos de un pasado casi olvidado. La mayoría de estas rutinas estaban marcadas por el carácter estrafalario de mi padre, quien me despertaba poco después del amanecer para que le acompañase en la búsqueda de lo que consideraba tesoros perdidos que estaba convencido iba a encontrar más pronto o más tarde.

Mi padre jamás fue lo que se considera un tipo corriente que tuviese un comportamiento similar al del resto de los padres. Fumaba en pipa en vez de llevar un paquete arrugado de Ducados en los bolsillos. Presumía de no haber tenido que pegar un palo al agua en toda su vida. Cobraba unas rentas exiguas de unos locales comerciales que había recibido en herencia de mis abuelos, fallecidos en un accidente cuando todavía era adolescente. La cantidad de dinero que conseguía con sus propiedades inmobiliarias nos daba para vivir al día, sin necesidad de que mi padre trabajase, pero no nos proporcionaba lo suficiente para alcanzar el nivel de la clase media de la época. La precariedad se agravaba debido a las aficiones que había desarrollado en el mucho tiempo libre que disponía.

La más sangrante para la economía familiar consistía en la peregrinación anual a la tumba de Chesterton en Beaconsfield, donde se fumaba un puro de los buenos y se bebía el contenido de media petaca llena de Oporto, la otra mitad la vertía sobre el enterramiento del escritor inglés a modo de libación. Recuerdo una vez que lo acompañé al estanco de la calle San Jorge para comprar el puro que se iba a fumar con C. K. Chesterton, después de saludar con familiaridad al estanquero pidió el puro más caro que tuviese. El viaje duraba alrededor de una semana, al cabo de la cual regresaba a casa feliz como un niño y nos relataba su estancia en el cementerio de Shepherd´s Lane a las afueras de Beaconsfield. Nos contaba como el otoño tejía una alfombra de hojas ocres que cubrían los zapatos negros de cordones que acostumbraba calzarse. Nos contaba como la temperatura obligaba a llevar una bufanda que se retiraba de la boca par poder tragar el humo del habano, que sujetaba con unos guantes de cuero que tenían la yema de los dedos desgastada por el uso. También nos describía a un señor vestido con una gabardina gris, que debido a una cojera se desplazaba ayudado de un bastón de ébano rematado por una empuñadura de marfil, al que se encontraba en todas las ocasiones en las que se acercaba a esta pequeña localidad a treinta kilómetros al noroeste de Londres y con el que jamás cruzó una palabra

Los primeros años que fui consciente del viaje anual de mi padre, esperaba ansioso su regreso, creyendo que me traería algo de Inglaterra, ya que cuando se despedía de mi madre y de mi mismo nos prometía regalos fastuosos, pero todos los años volvía con las manos vacías a excepción de un bote de cristal de los que se emplean para realizar conservas lleno de tierra del jardín de la casa de Chesterton, que consideraba como el mejor presente que se pudiese hacer a nadie. Al principio mi madre todavía empleaba la tierra en alguna maceta para plantar flores de colores vivos que diesen alegría a nuestra terraza, o a ella misma que la necesitaba.

Hubo un año, después de que me independizara que me invitó a compartir la “experiencia del tributo”, como solía denominarla; pero me negué con rotundidad, por un lado me atraía la idea de ver al señor cojo de la gabardina y fumar dentro de un mar de hojas de árboles caducifolios, sin embargo tenía miedo de que me gustase y perpetuase unas prácticas que había odiado durante mucho tiempo. No tenía la intención de convertirme en lo mismo que había sido él, me aterraba pensar en que pudiese terminar siendo un clon de mi padre.

La excentricidad de la que si que me logró hacer partícipe fue de la búsqueda infructuosa de un juego de diapositivas perdido. Los domingos muy temprano cuando todavía los músculos y las neuronas se encuentran aturdidos pensando que hacen tan lejos de la comodidad de un buen colchón y la placidez de una manta. Mi padre me despertaba y me llevaba a pasear por la calle san Pablo para desayunar unos churros recién hechos, luego a los pies de la torre mudéjar me contaba historias de la etapa islámica de Zaragoza, de Saraqusta aunque él prefería llamarla Medina Albaida. Le fascinaba la leyenda de dos santones musulmanes enterrados en Zaragoza por la que se la denominaba como la ciudad blanca a causa de la luz blanquecina de santidad que emanaba la tumba de ambos. Frente a la iglesia de San Pablo me decía con una seriedad que asustaba que el monumento funerario de Hanash Assananí y de Alí Allajmí se encontraba bajo el ábside y que al estar unos tres metros bajo tierra era por lo que no se podía comprobar el resplandor que emitían los restos. Acto seguido cruzábamos conde Aranda en dirección a la plaza de toros en cuyos aledaños tenía y tiene lugar uno de los mayores espectáculos que se pueden contemplar en la ciudad, el rastro. Una verdadera corte de los milagros exponía objetos de la más variada condición y procedencia. Se podía comprar cencerros oxidados que hacía tiempo habían dejado de ser utilizados, arcos de violín con las cuerdas rotas, cajas de hojalata, revistas pornográficas con chicas desnudas en la portada, resbalones de cerraduras desvencijadas, regaliz de palo, viejas botellas con el contenido medio evaporado por la acción del sol. Un sinfín de cosas, la mayoría de ellas inútiles; pero con un valor que carecía de lógica, que escapaba de las reglas básicas de la Economía, excepto para mi padre y para todos aquellos que se pasaban horas y horas revolviendo entre montones caóticos de cachivaches.

Mi padre llevaba buscando desde mucho tiempo antes de que yo naciera un carro de diapositivas que alguien debió robar de la Universidad de Zaragoza, con bastante probabilidad durante su traslado del viejo edificio cercano a la Madalena a su actual emplazamiento en la plaza san Francisco. Las diapositivas se trataban del soporte documental que trajo Howard Carter para las conferencias que impartió en Madrid y Zaragoza a finales en mayo de 1928 invitado por la Residencia de Estudiantes de la capital, cuatro años después del descubrimiento que le catapultó a la fama. Carter las donó al departamento de Historia Antigua de Zaragoza. Un arqueólogo valenciano le comunicó a mi padre la existencia de las diapositivas de soporte de cristal en las que aparecerían objetos recuperados durante sus campañas en el delta del Nilo con los palacios, templos y mastabas del valle de los Reyes. Desde aquel día se lanzó en una búsqueda por tiendas de antigüedades, chamarileros, puestos ambulantes en mercados al aire libre y en cualquier otro lugar susceptible de tener a la venta las imágenes tomadas con la cámara Hasselblad de seis por seis de Carter.

De esta manera entré en contacto con un submundo de mercaderes sin escrúpulos capaces de vender la dentadura de su abuela por un par de billetes de tres ceros. Conocí a coleccionistas ávidos a los que no les importaba hacer cientos de kilómetros hasta Barcelona para encontrar la tarjeta postal que les faltaba de los grabados conmemorativos del primer centenario de los sitios de Zaragoza o para conseguir una primera edición del bosque animado firmada por Wenceslao Fernández Flórez. Reconozco que me gustaba ayudar a mi padre a buscar las imágenes en el rastro, coger cada una de las diapositivas con cuidado, evitando dejar las huellas dactilares o la grasa de los churros rebozados en azúcar que desayunaba medio dormido. Ponerlas a contraluz intentando reconocer ejemplos de arquitectura egipcia en las placas de dimensiones reducidas. Los responsables de los puestos solían guardarnos las cajas de diapositivas que luego repasábamos entre personas nerviosas que removían publicidad de comercios ya inexistentes o fotografías en blanco y negro.

De entre todos los empresarios de la nostalgia destacaba un hombre delgado, enjuto, por lo general mal afeitado y que vestía siempre un jersey de cuello de pico verde oliva, repleto de manchas de aceite. Se llamaba Celso, tenía el pelo aceitoso con greñas y un sentido del humor peculiar que sacaba de quicio a mi padre, tal vez por ello llegué a cogerle cierto aprecio. Recuerdo que intentaba hacerle rabiar

–Si quiere imágenes bonitas, tengo souvenirs turísticos. Una cámara de esas que se aprieta un botón y se ven cosas que merecen la pena. Tome esta que se ve la Seo, el arco del Deán y si uno se fija bien hasta las palomas del Pilar-.

La verdad es que si que se veían las palomas, pero nadie excepto yo sabía lo que buscaba mi padre. Se había guardado mucho el decir cuál era el objeto de sus pesquisas, pues estaba convencido que si la gente se enteraba intentaría arrebatarle la gloria del descubrimiento o quizá la Universidad como legítima propietaria de la donación de Carter reclamara sus derechos.

Poco a poco se fue derrumbando el mito, el influjo que mi padre ejercía sobre mi se fue debilitando, erosionándose por unos gustos más acordes con mi edad. Las chicas, mi vecina Carlota de la que me enamoré y la que jamás le dije una palabra que no fuera hola y adiós cuando nos encontrábamos en la escalera; o jugar al fútbol imaginándome un jugador del Real Zaragoza que marca un gol en el descuento de la final de la Copa del Rey. Perdí todo interés en las leyendas moriscas de santos fluorescentes, en Chesterton y eso que me regaló una edición cuidadísima de El hombre que fue jueves o en buscar nada que tuviese que ver con Howard Carter.

Mi madre murió resignada. Sabía que nada podía hacer para cambiar al hombre con el que había decidido compartir su vida, quizá si hubiese sido más joven se hubiese separado, pero en el fondo quería a ese ser estrafalario capaz de sorprenderla de lo mejor y de lo peor; de hecho con toda probabilidad era lo que le atraía de él. Tras quedarse viudo mi padre bajo el ritmo de sus excentricidades, sin embargo se mantuvo fiel a su viaje anual a Beaconsfield y a traerme tierra del jardín de la residencia de Chesterton.

No hace muchos días por motivos laborales tuve que buscar en Internet lazos entre Egipto y Aragón para un programa de inversiones de la Cámara de Comercio en la zona del Cairo, entre las muchas páginas que visité hallé una que empleaba imágenes de una excavación arqueológica de los años veinte. Los salacottes, los pantalones bombachos gris piedra, los bigotes infinitos y las patillas frondosas hicieron que me acordase de mi padre discutiendo con Celso en el rastro de la plaza de toros. Aunque llevaba retraso en la redacción del anteproyecto de la Cámara de Comercio intenté averiguar la procedencia de las fotos que aparecían en la pantalla. La investigación me llevó a una página Web de subastas que vendía un lote de viejas fotografías y diapositivas procedentes de Zaragoza. Me entró miedo y cerré inmediatamente la página. No sé si era lo que fue buscando mi padre durante más veinte años, pero no tengo ninguna intención de heredar sus aficiones, porque tengo el presentimiento que en el fondo los dos somos iguales; de momento prefiero levantarme los domingos temprano y dejar a Laura dormida, apoyar con suavidad el nórdico sobre su cuello desnudo y quedarme contemplando su respiración ensimismada por unos breves instantes, para luego bajar a comprar el Heraldo al kiosco de la plaza San Pedro Nolasco que está enfrente del edificio anaranjado del Museo del Teatro romano.

#LA imagen podría haber sido una de las del juego de diapositivas. Se aprecia a Carter trabajando

03/01/2008 05:31 Autor: jcuarteronoestadisponible. #. Tema: Hay 10 comentarios.


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