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Se muestran los artículos pertenecientes al tema relatillos. La vida de Pep era sencilla de vivir, evitaba complicarse la existencia. Pep prefería que le llamasen Pep a que utilizasen su verdadero nombre, que tan sólo aparecía en su documento nacional de identidad y en el letrero roñoso del buzón de su casa. Hasta en el carné de la biblioteca se podía leer Pep. Toda. Había quien incluso pensaba que se llamaba José y cuando necesitaban pedirle algo, o intentaban hablarle en serio se dirigían hacia él como José. Pep no les sacaba de su error y escuchaba en silencio asintiendo con la cabeza. Pep se murió un día y nos enteramos que se llamaba Ernesto. Cuando Sonia se enteró que su marido le engañaba volvió a fumar. Hacía más de ocho años que se había terminado el último cigarrillo de una cajetilla de Royal Crown, todavía no incluía el anuncio que advertía que la nicotina puede ser perjudicial para la salud. Por el contrario cuando descubrí que Elisa me era infiel no volví a fumar, no lo había dejado nunca. A mí me dio por un deseo irrefrenable de pagarle con su misma moneda, de coleccionar amantes como quien colecciona sellos sin interés y los almacena desordenados en cajas de zapatos. Mi trabajo como representante me otorgaba libertad para la nueva afición. Confirmé lo que todo el mundo sospecha, Internet es el paraíso de los adúlteros. Bajaron mis ventas, pero no podía dejar esos encuentros ocasionales. Utilizaba el sexo como Sonia utilizaba el tabaco. Exprimía a mis contactos, calada a calada, hasta tirar las colillas donde cayesen, el garaje de una urbanización a las afueras, en un cercanías en el que no iba la calefacción o en los baños de un cine de reposiciones que olían a eucalipto. Tras unos meses, el proceso de infidelidad se frenó. Se podría decir que comencé una relación estable con una protésico dental, que por deformación profesional tenía la sonrisa más bonita que he visto nunca. En alguno de sus días libres me acompañaba en mis viajes. Me gustaba contemplar el reflejo de su sonrisa en los espejos retrovisores. En una de nuestras escapadas aprovechamos que debía cerrar varios negocios por el Norte para visitar una bodega centenaria en Haro. La visita fue un auténtico coñazo, el guía se alargaba en explicaciones que no me importaban lo más mínimo. Sólo deseaba que terminase para poder pasar a la degustación de un par de vinos al final del recorrido por la bodega e irnos al hotel que había pagado con la Visa de la empresa. Para colmo había varios americanos que no dejaban de hacer fotografías y que esperaban una versión en inglés de las palabras del guía, lo que todavía hizo más tedioso el paseo entre barricas y tanques de fermentación. Dos horas después, llegamos a la sala de catas donde nos tomamos una copa y brindamos por algún motivo que he olvidado, pero que en esos momentos sería lo más importante del universo. Una de las americanas que llevaba una cámara que debía costar un riñón nos pidió permiso para sacarnos una foto. Consentimos, posamos como si fuese la primera foto que nos hacían juntos, de hecho fue la primera y única fotografía en la que aparecemos los dos. Con el tiempo sucedieron dos cosas que cambiaron mi vida. La protésico dental se lió con un dentista y yo me reconcilié con mi mujer. De manera tácita ninguno de los dos reconoció que había mantenido una vida afectiva paralela. Todo funcionaba como antes, hasta que el Museo Reina Sofía programó una exposición retrospectiva de la fotógrafa Annie Leibovitz. En el cartel anunciador se apreciaba, a través del cristal de una copa de vino, a una pareja mirándose a los ojos. Se distinguía su sonrisa y mi perfil. En la fachada del Hospital de San Carlos cuelga una imagen nuestra de cuatro metros. Annie Leibovitz tituló a la perfección “The Wine Lovers”. La operación había sido un éxito. Se trataba de una operación sencilla, bastaba con extirpar un par de nódulos de las cuerdas vocales. Nada grave según le habían advertido antes de que la anestesiaran. Laura odiaba los hospitales, en concreto el Miguel Servet, los profesionales que vestían batas blancas, las series de televisión en las que aparecían médicos, el olor aséptico que impregnaba las habitaciones y sobre todo detestaba el verde de los camisones de la Seguridad Social. El postoperatorio era indoloro, debía abstenerse de hablar una sola palabra en dos semanas y de cantar durante unos meses. Lo de cantar le traía sin cuidado, pero lo de hablar era un asunto más delicado. Su rutina apenas tenía momentos de silencio. Necesitaba comunicarse de una manera continua, expresar su opinión sobre cada asunto que captaba su atención aunque no le hubiesen preguntado. Para mitigar la frustración de no poder comunicarse se había comprado una imitación de pizarra Vileda y un rotulador, de los que se borran al pasar un trapito por encima, en una tienda de chinos del barrio de las Delicias. Mientras duraron los efectos de la anestesia soñó cuales iban a ser las primeras palabras que escribiría en la superficie blanca de la pizarra. Se despertó y vio a sus padres y a su novio Miguel que llevaba en las manos un ramo de flores caras. Levantó el pulgar para hacerles saber que se encontraba bien. Le preguntaron varios detalles de la operación de los que no tenía ni idea, parece mentira que no tuviesen en cuenta que ella había estado dormida bajo los efectos de los anestésicos. Contestaba obviedades con buena letra, a cada pregunta su caligrafía empeoraba. A los diez minutos comenzaron las llamadas de teléfono a los móviles de sus parientes para interesarse por su estado de salud. Oía las respuestas que daban y le resultaba extraño que hablasen por ella y diesen una serie de detalles que estaba segura no había explicado en la pizarra que había comprado en los chinos. De repente Miguel le pasó su teléfono: Es Noelia. Quiere saludarte y desearte que te recuperes lo más rápido posible-. Laura puso cara de ¿Para qué me pasas una llamada? No ves que me acaban de operar. Cogió el móvil y escuchó en silencio -Hola Laura, soy Noelia. Me da la impresión de estar hablándole a un contestador automático, la ventaja es que no se va a quedar grabado lo que te tengo que contar. Miguel y yo tenemos una aventura. No te ha dejado por lo de la operación pero cuando recuperes el habla se irá. Qué te mejores-. Laura intentó contestar, insultar a Noelia y al mismo tiempo destrozar el ramo de flores caras que había comprado Miguel. No hizo nada,sabía que si forzaba la voz podía perder el habla para siempre y la necesitaba para pedir muchas explicaciones en quince días. Miguel, ajeno a la información que le habían ofrecido, se acercó a recoger su móvil. Laura lo miró con ojos de recién operada y escribió en la pizarra: No sabes las ganas que tengo de decirte un par de cosas al oído. Apenas me faltaban las conclusiones de mi tesis doctoral sobre Sax Rohmer, calculaba que en un par de semanas finalizaría un trabajo que se había alargado durante tres años. Simplemente necesitaba más notas al pie de página para dar peso científico al trabajo, cuando un anticuario del Este de Londres puso a la venta un manuscrito inédito de Rohmer que se titulaba “No terminarás nunca”. De eso hace siete años y apenas me faltan las conclusiones de mi tesis doctoral. #La imagen corresponde a la portada de la primera edición de "La máscara de Fu-Manchú" Estaba durmiendo y de repente me despertó el sonido de una moto. Me pareció muy extraño porque vivo en el año 1737. #La foto corresponde a Lawrence de Arabia montando la moto en la que se mataría A mi edad he aprendido que el éxito en la vida consiste más en saber gestionar las derrotas que las victorias. En setenta y dos años, seis meses, tres días y unas cuantas horas he sufrido derrotas espectaculares y victorias muy diversas, no he sabido hacer frente a ninguna de ellas. Si pudiese montarme en una máquina del tiempo como quien se monta en un taxi, actuaría de manera muy distinta a como me comporté, es fácil averiguar los caminos correctos una vez que se ha llegado al destino, es tan fácil como explicar por lógica los resultados de la quiniela los lunes por la mañana. No soy de aquellos que suelen decir que no se arrepienten de nada. Hace muchos años participé en un proyecto literario que consistía en escribir una autobiografía con seis palabras. Elegí “soñó con cambiar un mundo gris”. Mentí, es sencillo mentir con seis palabras, es casi imposible contradecirse en una frase, por eso los careos policiales duran horas y horas. Se buscan datos que pongan en entredicho las coartadas fraudulentas, los presuntos criminales pasan a delincuentes cuando ofrecen versiones inconexas y llenas de imprecisiones. Seis palabras no dan para tanto. Se publicó mi falsa autobiografía junto a la de otros autores como John Banville o Joyce Carol Oates, aunque en mi interior se grabó como una maldición la primera de las que imaginé y que escribí en una servilleta de papel en el bar de debajo de mi casa, mientras esperaba a la que por entonces era mi primera mujer “Vivió solo por su carácter egoísta”. Otros escritores eligieron frases neutras o cargadas de significados ocultos que rozaban la categoría de mensajes cifrados, tras leer la totalidad de biografías concentradas no lograba distinguir las confesiones honestas de las falsas como la mía. Probablemente quien no me conociese lo suficiente daría por válidas las seis palabras definitorias, pero las personas que a lo largo de los años han descubierto al verdadero Benás, que da la casualidad que han sido seis, desmontarían el fraude con la facilidad de quien silba una canción pegadiza y la sustituirían por otra más próxima a la realidad “Era un auténtico hijo de puta”. Los seis seres humanos que me han importado algo en esta vida son mujeres, están muertas o dejaron de hablarme hace muchos años. Dos de ellas siguen vivas y una tercera no lo tengo claro. Sé por informaciones de las personas que han venido a verme en estos últimos meses de enfermedad que Julia andaba muy delicada de salud. Me da por pensar que su supervivencia estaba ligada a la mía y que de manera inconsciente competíamos por ganar nuestra batalla final. Era lo único que podíamos ganar, de sobras sabíamos que ambos habíamos perdido treinta y tantos años atrás. Julia fue la mujer que pudo salvar mi vida y en la actualidad busco por las mañanas su nombre en las esquelas del periódico, sacando fuerzas de donde ya no quedan para aguantar un día más que ella y no tener que encontrármela en el túnel. Hace mucho tiempo estuvimos a punto de morir los dos en el mismo instante. Eran otros días, días de desorden afectivo, vinos caros y coches, muchos coches. A Julia le apasionaban los motores, no he conocido a nadie que tuviese tanta pasión por las cuatro ruedas. Le gustaban de un modo obsesivo, conocía miles de anécdotas relacionadas con los automóviles, desde el modelo que conducían Telma y Louise bajo el sol asfixiante de un desierto machista, o los caballos que tenía el coche con el que se mató Grace Nelly. Yo no me había molestado en sacarme el carné, aunque estuve apuntado en una autoescuela durante tres meses en los que acudí una tarde a las clases teóricas e hice un par de test a desgana, como quien rellena un cuestionario de propaganda para que te envíen a casa unas muestras gratuitas de propaganda. Pese al amor que Julia sentía por el mundo del volante conducía como el culo y no me refiero a que practicase una conducción temeraria, sino a que conducía realmente mal. Una tarde de invierno, de esas en las que se hace de noche nada más comer, Julia se disponía en traerme de vuelta a casa. Mi mujer pensaba que había ido a dar una conferencia al Círculo de Bellas Artes de Madrid y que volvería en el AVE de las siete de la tarde. No sospechaba que mis salidas de la ciudad se debían a la infidelidad que tanto había temido los primeros años de nuestro matrimonio, pero que en esos momentos pensaba que era imposible. Durante dieciocho meses nos recorrimos los pequeños hoteles sin encanto de los alrededores de la ciudad. La asepsia de las recepciones despersonalizadas continuaba en las habitaciones de los pisos superiores. La precariedad del mobiliario me hacía sentir seguro. Pasada la larga cuarentena de los remordimientos comenzamos a frecuentar alojamientos más confortables. Al principio se trataba de casas rurales con chimenea en el salón y esquís antiguos colgados de las paredes ahumadas, luego habitaciones en hoteles lujosos de los que regalan el albornoz, aunque siempre los teníamos que dejar en las perchas del baño o mojados sobre una cama revuelta todavía caliente. Recuerdo que ese día no me apetecía regresar a casa quería alargar nuestra escapada por el Pirineo, ya se me ocurriría alguna excusa para engañar a mi mujer por tener que hacer noche en Madrid. Julia estaba molesta por algo que había hecho o dicho a lo largo de la semana, tenía esa capacidad innata de sacarla de quicio. Recogimos el escaso equipaje en el maletero de su coche y nos sentamos en los asientos delanteros. Un silencio que pareció eterno eclipsó la primera media hora de nuestro viaje. Antes de abandonar una carretera secundaria de montaña le pregunté qué era necesario para que cambiase de opinión y pasásemos la noche juntos en otro hotel con suelo de tarima y lámparas de luz suave junto al cabecero de la cama. Me contestó que no había ninguna posibilidad, tan sólo un milagro podía cambiar su decisión. Retiré el GPS de la ventosa que lo sujetaba a la luna delantera y tecleé el destino Milagro. Para mi sorpresa el aparato calculo una nueva ruta desde el lugar en que nos encontrábamos a un pequeño pueblo de la Ribera navarra, que se llamaba Milagro. A Julia no le hizo ni puta gracia mi ocurrencia e intentó arrebatarme el GPS. Agarraba el volante tan solo con la mano izquierda, llegamos a una curva pronunciada, una curva peraltada de las que tiene una visibilidad nula, de las que hay gente que toca el claxon para avisar que está trazándolas. Sin saber cómo ni por qué, nos encontramos una furgoneta verde en nuestro carril, puede que fuésemos nosotros quienes invadiésemos el suyo, o quizá la carretera no fuese lo suficientemente ancha para que hubiese dibujados dos carriles sobre la calzada. Julia dio un volantazo desesperado. Nos salimos de la carretera, los pretensores del cinturón me dejaron una marca púrpura en la clavícula derecha. Estuvimos a punto de caer por la cuneta. Julia me aseguró que vio toda su vida en un segundo como si fuese una película francesa de los años setenta y que yo no aparecía en ella. Yo durante ese segundo en lo único que podía pensar era en que hubiese un pueblo que se llamase Milagro a doscientos kilómetros de donde nos encontrábamos. Se acerca ya la hora en que me traigan el periódico y vuelva a repasar el nombre de las esquelas… Ahora que lo pienso bien esa noche me salí con la mía, la pasamos en la sala de observación del Hospital de Jaca. Por fin llegaba el día que había estado esperando Julio Lacuey durante más de treinta años. El 3 de Marzo de 2053, el día que expiraban los derechos de autor de Hergé, el creador de Tintín. El día en que se cumplían setenta años del fallecimiento del dibujante belga, casi tres cuartos de siglo desde que Le Figaro abriese su portada con el titular Tintin ha muerto y sustituyese sus fotografías por las viñetas de los comics. Julio Lacuey había consultado un par de veces una edición de ese periódico, de tacto quebradizo y hojas amarillentas, para documentarse sobre el trabajo que venía desempeñando durante la mayor parte de su vida. Desde pequeño se había aficionado al reportero que jamás envió una crónica periodística, sus hermanos eran más de Asterix, pero siempre había sido el raro de la familia. Lacuey consagró sus esfuerzos y conocimientos musicales a la creación de una ópera basada en el argumento de Las joyas de la Castafiore. Durante el día daba clases aburridas de Composición en el conservatorio, por la noche se encerraba, a las 22 horas, en un cuarto insonorizado de su casa de San Vicente de Paúl con sus pentagramas digitales y sus programas informáticos de orquestación. Hacía un pequeño descanso a las doce y continuaba hasta que le vencía el sueño a las tres de la madrugada. No se trataba de la primera ópera que escribía, siendo muy joven ya había compuesto una adaptación de una película de Tarantino que se estrenó con el tenor Isaac Galán interpretando a Harvey Keitel. No cosechó muy buenas críticas y el argumento del siguiente film de Tarantino giró en torno a un asesino de miembros de orquesta. Lacuey comenzó la adaptación de Las joyas de la Castafiore en 2019, cuando desconocía que los derechos de autor de Hergé estaban gestionados de una manera draconiana por sus herederos. Hergé murió sin descendencia, la beneficiaria de su testamento fue su segunda mujer, Fanny Vlaminck, que se volvió a casar con un inglés que impuso un rumbo de padrastro de cuento de hadas a las criaturas tintinescas. Creó la empresa Moulinsart que custodiaba en una torre inaccesible todo lo referente a los trazos planos de Hergé. Lacuey no se enteró, hasta que terminó el primer acto con un aria del Capitan Haddock, de las consecuencias legales que entrañaría el estreno su libreto. No obstante se propuso seguir puliendo su trabajo durante treinta y cuatro años con la intención de conseguir una obra redonda. Treinta y cuatro años sin presentar nada en sociedad, ni unas variaciones, ni una canción melódica, ni siquiera un triste villancico. En treinta y cinco años pasan muchas cosas como el infarto que le dio y que le apartó del proyecto siete meses, o la muerte por intoxicación con barbitúricos de la soprano que iba a interpretar a la Castafiore. La prensa especializada había olvidado el apellido Lacuey, apenas uno o dos críticos se acordaban del compositor de baraba espesa, si bien lo recordaban con menos entradas y vestido con la ropa típica de principios del siglo XXI y no con la moda actual. El 2 de marzo de 2023 Julio Lacuey no pudo dormir ni una sola hora seguida, el día 3 estaba tan cansado que se miró en el espejo y vio unas ojeras tan oscuras como la noche que había pasado en blanco. Desayunó un par de magdalenas y un vaso de leche enriquecido con megacalcio. Salió de su casa de San Vicente de Paúl repitiéndose que iba a ser un día especial, ya podía registrar la ópera Les bijoux de la Castafiore en cinco actos. Treinta y cuatro años de su vida concentrados en 184 folios de papel pautado, todos los instantes de su tiempo libre invertidos en la historia del falso robo de la esmeralda de Bianca Castafiore. Caminaba ensimismado imaginando las marquesinas del Liceo con su nombre sobreimpresionado en los carteles que miran a los paseantes de las Ramblas. Caminaba tan ensimismado que se dio cuenta que un Renault 37 pasó por encima de sus frágiles huesos y desperdigo con ayuda del cierzo los 184 folios de la ópera. Al día siguiente ningún periódico utilizó las composiciones de Lacuey para ilustrar la actualidad del día, pero yo encontré varias de las hojas que arrastró el viento. Entre corcheas y semicorcheas se narraba la historia de la esmeralda desaparecida y como tintín resuelve el caso. Enseguida me interesé por el tema y me decidí escribir un libro digital al respecto pero los herederos de Julio Lacuey se negaron en redondo, impidiendo que utilizase cualquier extracto de su libreto. He esperado setenta años para sacarlo a la luz, espero que lo disfruten Jorge Pérez, Zaragoza, 3 de Marzo de 2123 Llegué tarde a la sala de subastas y me senté en el primer sitio que vi libre. El subastador, que vestía un traje oscuro que contrastaba con sus canas tomó la palabra, en realidad se limitó a leer unos folios doblados por las puntas. El señor que estaba situado en el mismo asiento de la fila de delante mía dio un suspiro lánguido y sostenido. Levanté la cabeza del catálogo de las pertenencias de Cécile Barker, en el que se describían los lotes sobre los que se iba a pujar en cinco minutos. Lo reconocí era el canalla de Marc, me alegró saber que los años no habían pasado en balde para él. Se encontraba más viejo, comenzaba a escasearle el pelo que se peinaba de manera tramposa para no dejar al descubierto buena parte de la zona superior de su cabeza. Las bolsas de los ojos le hacían tan viejo como probablemente era, aún así si no recuerdo mal tenía cuatro o cinco años menos que yo. En el fondo siempre sospeché que Cécile me dejó por considerarme un viejo prematuro y por eso se largó con otro más joven. Seguro que su sonrisa no era tan perfecta ahora, a no ser que luciera una dentadura postiza o que se hubiese instalado unos implantes de titanio. ¡Cómo me sacaba de mis casillas verlos juntos a los dos en los periódicos! Cécile tan bien plantada, como una modelo elegante y Marc con su sonrisa encantadora que parecía sacada de las películas americanas de los años cuarenta. Su sonrisa hacía juego con los zapatos de charol de Cécile, blanco y negro como las teclas de un piano que sonaba desafiante cada vez que lo escuchaba. La escena era metafórica, Marc, su segundo ex marido sentado en la fila de delante, y yo, su primer ex marido en el asiento de detrás, íbamos a competir una vez más. Debía ser que no habíamos tenido suficiente a lo largo de los años. Cuatro décadas de desencuentros, palabras cruzadas y malos modos. Cuatro décadas de zancadillas reales y figuradas. Cuatro décadas para poder devolverle la jugada que me hizo perder a Cécile. La voz del subastador resonaba profunda en la sala, sus frases rebotaban sobre la tarima de madera alcanzando una gran sonoridad cuando pronunciaba el apellido de Cécile. Las dos erres de Barker martilleaban a los asistentes de la primera fila. Las palabras se escapaban por la puerta como si desearan fugarse, no querían ser testigo del último adiós que suponía la venta de sus objetos personales. Me imagino que Cécile se revolvería en su tumba si viese a sus dos ex maridos deseosos que quedarse con sus pertenencias. Al haber llegado tarde, con la subasta iniciada, era improbable que Marc hubiese advertido mi presencia. Me relamía con la posibilidad de pujar en los mismos lotes que lo hiciese mi archienemigo sin que sospechase que quien estaba sentado inmediatamente detrás suyo era yo, el tipo al que Cécile había abandonado para irse a vivir con él a la casa de Biarritz y despilfarrar una auténtico fortunón en las mesas de juego del casino situado a los pies de la playa El subastador se detenía en la descripción de los objetos –A continuación procederemos a la subasta del lote número 347 del catálogo. Está compuesto por un collar de oro blanco que tiene engarzada una esmeralda de 52 quilates y unos pendientes a juego con unas piedras preciosas de menor tamaño. Su precio de salida es dieciocho mil euros-. Marc se mantenía tranquilo, no se apreciaban movimientos que tensasen sus músculos, ni el estado de nerviosismo característico de todos los que retienen sus manos antes de hacer una oferta tras el golpe del mazo que da por iniciada la subasta. Marc no mostró ningún interés, así que dejé de prestar atención por collar; debía tratarse de una adquisición posterior a nuestro matrimonio, no la recordaba en absoluto (aunque para ser sincero llevar un control exhaustivo de las joyas y complementos de Cécile era una tarea titánica). La misma indiferencia corrieron unos abrigos de pieles exóticas, unas butacas estilo Napoleón III y una vajilla de porcelana que fue el regalo que hizo por nuestra boda la tía Antoinette. Los lotes se remataron en unos precios interesantes, incluso alguno por debajo de su valor real. Pobre tía Antoinette si hubiese sabido el poco entusiasmo que desató su porcelana con ribetes azulados, más o menos el mismo que cuando nos lo regaló. Todos los asistentes sabían que sus zapatos constituían las piezas estelares de la subasta. Sus zapatos de charol, sus zapatos característicos que la convirtieron en un icono de los años Cincuenta y de los Sesenta. La expectación iba incrementándose conforme avanzaban las páginas del catálogo hacia las dedicadas a sus pies, sus pies frágiles de aspecto pero implacables sobre el escenario. Hubo una parte de su vida que podría explicarse a través de su calzado. Se trataba de la etapa que sus biógrafos denominan los años de charol. Fuese donde fuese lucía unos zapatos negros que brillaban bajo las luces de los flashes y las vanidades de quienes acompañaban a la Diva a fiestas interminables, que comenzaban a eso de las nueve de la noche y no solían finalizar hasta que el sol de la mañana se reflejaba sobre un charol cansado de sujetarse sobre dos finos tacones. Llegó a almacenar cerca de doscientos pares, muchos de los cuales se puso una sola noche o tres horas sueltas para tomar el té o acudir a algún acto benéfico poblado de rostros famosos a los que no soportaba. Su gusto por el charol llegó a ser obsesivo, casi enfermizo; pero de manera difícil de comprender, su afición se fue diluyendo en el tiempo como un azucarillo en el café hirviendo, aunque para el gran público siempre fue la mujer que vestía los zapatos negros de charol. Mantuvo sus excentricidades pero de una forma más discreta, no tan notoria, todavía se lavaba los pies en Champagne francés para sentir el cosquilleo de las burbujas jugueteando entre sus dedos. El Champagne siempre ha ido bien con un esmalte realizado en un salón de un virtuoso de la pedicura. El maestro de ceremonias puso un mayor énfasis en su voz para advertir que el momento cumbre estaba próximo a llegar –Como ya habrán deducido antes si se han fijado en la fotografía que ilustra la portada del catálogo nuestro siguiente lote constituye por si mismo un documento impagable de la historia de la Ópera del S. XX, los zapatos de charol de Cécile Barker. Nos hubiese gustado subastarlos en pequeños lotes de tres o cuatro pares, pero el deseo expreso de sus herederos, que preferían no disgregar la colección nos lleva a sacar a la venta los ciento noventa y seis pares que pertenecieron a la Barker-. La espalda de Marc se puso rígida. Se tocó el muslo y se atusó el poco pelo que formaba su patrimonio capilar. El subastador dio por comenzada la venta con un golpe de maza que me recordó al portazo que selló nuestra ruptura matrimonial una tarde de abril. Durante años tuve presente ese ruido seco, no podía soportar ver cerrarse las puertas de manera violenta. Una señora interesada por los zapatos, probablemente se trataba de una conservadora de algún museo textil, ofreció los trescientos mil que igualaban el precio de salida. A los pocos segundos Marc con un movimiento tembloroso, de esos que pasaría desapercibido para los no iniciados en las subastas, subió dos mil euros. La mujer replicó sin pensárselo y Marc volvió a alzar la mano. Se estableció un duelo de gestos silenciosos entre ambos que alcanzó los trescientos ochenta mil euros. La cifra sin ser mareante comenzaba a ser elevada, me iba a resultar cara la venganza. De camino a la sala de subastas me repetía a mí mismo que no podía, o mejor dicho no debía gastarme más de cuatrocientos mil euros. El vasto imperio industrial de la familia había decrecido en los últimos años, el aluminio dejaba de emplearse en las fábricas. Las nuevas aleaciones conquistaban el mercado y cada ejercicio fiscal resultaba más difícil cuadrar los números de la empresa. Mi primera puja sitúo el precio de la colección de zapatos en los trescientos ochenta y cinco mil. Marc nervioso hizo el ademán de volverse para ver quien era el tercer sujeto que entraba en liza, pero se contuvo en nombre de los buenos modales. La descripción del subastador no le sirvió de mucho para identificarme –El señor de la americana beige que se encuentra sentado detrás de nuestro segundo pujador ha ofrecido trescientos ochenta y cinco mil. Trescientos ochenta y cinco mil a la de una, trescientos ochenta y cinco mil a la de dos, tres cientos ochenta y cinco mil a la de tr…-. Marc reaccionó como esperaba, en voz alta y cristalina dijo cuatrocientos mil. Un murmullo generalizado acompañaba la sonrisa del subastador que veía incrementarse su comisión a pasos agigantados. La señora que había abierto la puja se retiró de la misma con un gesto mitad agravio mitad desdén -Cuatrocientos mil a la de una, cuatrocientos mil a la de dos, cuatrocientos mil…-. Ofrecí cuatrocientos veinticinco mil deseando que el interés de Marc fuese limitado. Los cuatrocientos veinticinco mil suponían que cada par costase más de dos mil euros. Qué narices iba a hacer con tantos zapatos, si por lo menos conociese a alguna mujer que calzase el treinta y ocho para regalarle unos cuantos. Ya vería que hacía con ellos, pero la sensación de fastidiar a Marc me desbordaba. Comenzaba a saborear mi triunfo cuando mi rival se dejó llevar por la nostalgia -Quinientos mil, ofrezco quinientos mil- Medio millón de euros eran palabras mayores, superaba con creces la previsión que había realizado antes de comenzar. Marc se aflojó el nudo de la corbata, no podía apreciar si sudaba o si las lágrimas estaban a punto de recorrer sus mejillas. Sin poder contenerme, sabiendo que cometía una locura de la que seguro me iba a arrepentir ofrecí los seiscientos mil euros que superaban las estimaciones más halagüeñas de la casa de subastas. Por un momento Marc pareció desplomarse sobre el asiento, sin duda no tenía recursos suficientes para contrarrestar mi oferta. Comenzaba a disfrutar la derrota de mi adversario. Me lo imaginaba rabioso, a punto de estallar. Visualicé mi vida con Cécile en un segundo, como si hubiese tenido un accidente y los recuerdos fuesen una película que desfila delante de nuestros ojos. Me acordé de Cécile el día de la boda, del día que supe que el matrimonio no iba a funcionar, del día que conocí la existencia de Marc y del día que los vi por primera vez cogidos del brazo en la portada de un periódico sensacionalista. Estaba tan absortó que no presté atención a las palabras que pronunció el subastador -El caballero que está detrás del Señor de los seiscientos mil euros ofrece setecientos cincuenta mil euros. Setecientos cincuenta mil a la de una, setecientos cincuenta mil a la de dos. Setecientos cincuenta mil a la de tres. Adjudicado-. No pude ni supe reaccionar, volví la cabeza y reconocí a Julién, el tipo que salía con Cécile antes de que nos casásemos. Todos los domingos de primavera, en los que las mañanas soleadas permiten desayunar al aire libre, me gusta levantarme bastante temprano con la sensación de que media hora más de cama hubiese sido remedio suficiente para estar fresco durante todo el día. Dejo a Laura dormida. Suelo apoyar con suavidad el nórdico sobre su cuello desnudo y me quedo contemplando su respiración ensimismada por unos breves instantes. Luego bajo a comprar el Heraldo al kiosco de la plaza San Pedro Nolasco que está enfrente del edificio anaranjado del Museo del Teatro Romano. El ritual de lectura del Heraldo no ha variado a lo largo de los años. Comienzo desde la contraportada en una marcha atrás informativa que finaliza con las noticias de local. Han cambiado columnistas, directores, suplementos incluso formatos, cada vez más pequeños. Con lo bonitas que eran esas páginas sábana de mi infancia capaces de cubrir el suelo de un apartamento con un sólo ejemplar para los días de reformas en casa, o lo útiles que eran las hojas de los anuncios clasificados por palabras para fabricar figuritas de papel maché. En un acto de rebeldía sin causa me resisto a sucumbir a las leyes del Marketing que sitúan los anuncios más caros en las páginas impares. Hay otros hábitos de las mañanas de los fines de semana que han permanecido invariables, como el vermú casero endulzado con sifón de Bodegas Cabrera o tomar un par de salmueras en cazalla de los Almau, mientras observo colgado en la pared un calendario de los años treinta, atrapado en el tiempo, en el que todos los días son doce de octubre. Por el contrario otras costumbres se han diluido con los años convirtiéndose en simples ecos de un pasado casi olvidado. La mayoría de estas rutinas estaban marcadas por el carácter estrafalario de mi padre, quien me despertaba poco después del amanecer para que le acompañase en la búsqueda de lo que consideraba tesoros perdidos que estaba convencido iba a encontrar más pronto o más tarde. Mi padre jamás fue lo que se considera un tipo corriente que tuviese un comportamiento similar al del resto de los padres. Fumaba en pipa en vez de llevar un paquete arrugado de Ducados en los bolsillos. Presumía de no haber tenido que pegar un palo al agua en toda su vida. Cobraba unas rentas exiguas de unos locales comerciales que había recibido en herencia de mis abuelos, fallecidos en un accidente cuando todavía era adolescente. La cantidad de dinero que conseguía con sus propiedades inmobiliarias nos daba para vivir al día, sin necesidad de que mi padre trabajase, pero no nos proporcionaba lo suficiente para alcanzar el nivel de la clase media de la época. La precariedad se agravaba debido a las aficiones que había desarrollado en el mucho tiempo libre que disponía. La más sangrante para la economía familiar consistía en la peregrinación anual a la tumba de Chesterton en Beaconsfield, donde se fumaba un puro de los buenos y se bebía el contenido de media petaca llena de Oporto, la otra mitad la vertía sobre el enterramiento del escritor inglés a modo de libación. Recuerdo una vez que lo acompañé al estanco de la calle San Jorge para comprar el puro que se iba a fumar con C. K. Chesterton, después de saludar con familiaridad al estanquero pidió el puro más caro que tuviese. El viaje duraba alrededor de una semana, al cabo de la cual regresaba a casa feliz como un niño y nos relataba su estancia en el cementerio de Shepherd´s Lane a las afueras de Beaconsfield. Nos contaba como el otoño tejía una alfombra de hojas ocres que cubrían los zapatos negros de cordones que acostumbraba calzarse. Nos contaba como la temperatura obligaba a llevar una bufanda que se retiraba de la boca par poder tragar el humo del habano, que sujetaba con unos guantes de cuero que tenían la yema de los dedos desgastada por el uso. También nos describía a un señor vestido con una gabardina gris, que debido a una cojera se desplazaba ayudado de un bastón de ébano rematado por una empuñadura de marfil, al que se encontraba en todas las ocasiones en las que se acercaba a esta pequeña localidad a treinta kilómetros al noroeste de Londres y con el que jamás cruzó una palabra Los primeros años que fui consciente del viaje anual de mi padre, esperaba ansioso su regreso, creyendo que me traería algo de Inglaterra, ya que cuando se despedía de mi madre y de mi mismo nos prometía regalos fastuosos, pero todos los años volvía con las manos vacías a excepción de un bote de cristal de los que se emplean para realizar conservas lleno de tierra del jardín de la casa de Chesterton, que consideraba como el mejor presente que se pudiese hacer a nadie. Al principio mi madre todavía empleaba la tierra en alguna maceta para plantar flores de colores vivos que diesen alegría a nuestra terraza, o a ella misma que la necesitaba. Hubo un año, después de que me independizara que me invitó a compartir la “experiencia del tributo”, como solía denominarla; pero me negué con rotundidad, por un lado me atraía la idea de ver al señor cojo de la gabardina y fumar dentro de un mar de hojas de árboles caducifolios, sin embargo tenía miedo de que me gustase y perpetuase unas prácticas que había odiado durante mucho tiempo. No tenía la intención de convertirme en lo mismo que había sido él, me aterraba pensar en que pudiese terminar siendo un clon de mi padre. La excentricidad de la que si que me logró hacer partícipe fue de la búsqueda infructuosa de un juego de diapositivas perdido. Los domingos muy temprano cuando todavía los músculos y las neuronas se encuentran aturdidos pensando que hacen tan lejos de la comodidad de un buen colchón y la placidez de una manta. Mi padre me despertaba y me llevaba a pasear por la calle san Pablo para desayunar unos churros recién hechos, luego a los pies de la torre mudéjar me contaba historias de la etapa islámica de Zaragoza, de Saraqusta aunque él prefería llamarla Medina Albaida. Le fascinaba la leyenda de dos santones musulmanes enterrados en Zaragoza por la que se la denominaba como la ciudad blanca a causa de la luz blanquecina de santidad que emanaba la tumba de ambos. Frente a la iglesia de San Pablo me decía con una seriedad que asustaba que el monumento funerario de Hanash Assananí y de Alí Allajmí se encontraba bajo el ábside y que al estar unos tres metros bajo tierra era por lo que no se podía comprobar el resplandor que emitían los restos. Acto seguido cruzábamos conde Aranda en dirección a la plaza de toros en cuyos aledaños tenía y tiene lugar uno de los mayores espectáculos que se pueden contemplar en la ciudad, el rastro. Una verdadera corte de los milagros exponía objetos de la más variada condición y procedencia. Se podía comprar cencerros oxidados que hacía tiempo habían dejado de ser utilizados, arcos de violín con las cuerdas rotas, cajas de hojalata, revistas pornográficas con chicas desnudas en la portada, resbalones de cerraduras desvencijadas, regaliz de palo, viejas botellas con el contenido medio evaporado por la acción del sol. Un sinfín de cosas, la mayoría de ellas inútiles; pero con un valor que carecía de lógica, que escapaba de las reglas básicas de la Economía, excepto para mi padre y para todos aquellos que se pasaban horas y horas revolviendo entre montones caóticos de cachivaches. Mi padre llevaba buscando desde mucho tiempo antes de que yo naciera un carro de diapositivas que alguien debió robar de la Universidad de Zaragoza, con bastante probabilidad durante su traslado del viejo edificio cercano a la Madalena a su actual emplazamiento en la plaza san Francisco. Las diapositivas se trataban del soporte documental que trajo Howard Carter para las conferencias que impartió en Madrid y Zaragoza a finales en mayo de 1928 invitado por la Residencia de Estudiantes de la capital, cuatro años después del descubrimiento que le catapultó a la fama. Carter las donó al departamento de Historia Antigua de Zaragoza. Un arqueólogo valenciano le comunicó a mi padre la existencia de las diapositivas de soporte de cristal en las que aparecerían objetos recuperados durante sus campañas en el delta del Nilo con los palacios, templos y mastabas del valle de los Reyes. Desde aquel día se lanzó en una búsqueda por tiendas de antigüedades, chamarileros, puestos ambulantes en mercados al aire libre y en cualquier otro lugar susceptible de tener a la venta las imágenes tomadas con la cámara Hasselblad de seis por seis de Carter. De esta manera entré en contacto con un submundo de mercaderes sin escrúpulos capaces de vender la dentadura de su abuela por un par de billetes de tres ceros. Conocí a coleccionistas ávidos a los que no les importaba hacer cientos de kilómetros hasta Barcelona para encontrar la tarjeta postal que les faltaba de los grabados conmemorativos del primer centenario de los sitios de Zaragoza o para conseguir una primera edición del bosque animado firmada por Wenceslao Fernández Flórez. Reconozco que me gustaba ayudar a mi padre a buscar las imágenes en el rastro, coger cada una de las diapositivas con cuidado, evitando dejar las huellas dactilares o la grasa de los churros rebozados en azúcar que desayunaba medio dormido. Ponerlas a contraluz intentando reconocer ejemplos de arquitectura egipcia en las placas de dimensiones reducidas. Los responsables de los puestos solían guardarnos las cajas de diapositivas que luego repasábamos entre personas nerviosas que removían publicidad de comercios ya inexistentes o fotografías en blanco y negro. De entre todos los empresarios de la nostalgia destacaba un hombre delgado, enjuto, por lo general mal afeitado y que vestía siempre un jersey de cuello de pico verde oliva, repleto de manchas de aceite. Se llamaba Celso, tenía el pelo aceitoso con greñas y un sentido del humor peculiar que sacaba de quicio a mi padre, tal vez por ello llegué a cogerle cierto aprecio. Recuerdo que intentaba hacerle rabiar –Si quiere imágenes bonitas, tengo souvenirs turísticos. Una cámara de esas que se aprieta un botón y se ven cosas que merecen la pena. Tome esta que se ve la Seo, el arco del Deán y si uno se fija bien hasta las palomas del Pilar-. La verdad es que si que se veían las palomas, pero nadie excepto yo sabía lo que buscaba mi padre. Se había guardado mucho el decir cuál era el objeto de sus pesquisas, pues estaba convencido que si la gente se enteraba intentaría arrebatarle la gloria del descubrimiento o quizá la Universidad como legítima propietaria de la donación de Carter reclamara sus derechos. Poco a poco se fue derrumbando el mito, el influjo que mi padre ejercía sobre mi se fue debilitando, erosionándose por unos gustos más acordes con mi edad. Las chicas, mi vecina Carlota de la que me enamoré y la que jamás le dije una palabra que no fuera hola y adiós cuando nos encontrábamos en la escalera; o jugar al fútbol imaginándome un jugador del Real Zaragoza que marca un gol en el descuento de la final de la Copa del Rey. Perdí todo interés en las leyendas moriscas de santos fluorescentes, en Chesterton y eso que me regaló una edición cuidadísima de El hombre que fue jueves o en buscar nada que tuviese que ver con Howard Carter. Mi madre murió resignada. Sabía que nada podía hacer para cambiar al hombre con el que había decidido compartir su vida, quizá si hubiese sido más joven se hubiese separado, pero en el fondo quería a ese ser estrafalario capaz de sorprenderla de lo mejor y de lo peor; de hecho con toda probabilidad era lo que le atraía de él. Tras quedarse viudo mi padre bajo el ritmo de sus excentricidades, sin embargo se mantuvo fiel a su viaje anual a Beaconsfield y a traerme tierra del jardín de la residencia de Chesterton. No hace muchos días por motivos laborales tuve que buscar en Internet lazos entre Egipto y Aragón para un programa de inversiones de la Cámara de Comercio en la zona del Cairo, entre las muchas páginas que visité hallé una que empleaba imágenes de una excavación arqueológica de los años veinte. Los salacottes, los pantalones bombachos gris piedra, los bigotes infinitos y las patillas frondosas hicieron que me acordase de mi padre discutiendo con Celso en el rastro de la plaza de toros. Aunque llevaba retraso en la redacción del anteproyecto de la Cámara de Comercio intenté averiguar la procedencia de las fotos que aparecían en la pantalla. La investigación me llevó a una página Web de subastas que vendía un lote de viejas fotografías y diapositivas procedentes de Zaragoza. Me entró miedo y cerré inmediatamente la página. No sé si era lo que fue buscando mi padre durante más veinte años, pero no tengo ninguna intención de heredar sus aficiones, porque tengo el presentimiento que en el fondo los dos somos iguales; de momento prefiero levantarme los domingos temprano y dejar a Laura dormida, apoyar con suavidad el nórdico sobre su cuello desnudo y quedarme contemplando su respiración ensimismada por unos breves instantes, para luego bajar a comprar el Heraldo al kiosco de la plaza San Pedro Nolasco que está enfrente del edificio anaranjado del Museo del Teatro romano. #LA imagen podría haber sido una de las del juego de diapositivas. Se aprecia a Carter trabajando El siguiente texto es un homenaje a "Una bromita". Un relato de Antón Chejov, adaptado en un Aragón futuro en el que Gran Scala y Spyland dominan la llanura esteparia de los Monegros. Los protágonistas son el Croupier de un Casino y una chica joven que trabaja de camarera con él. Ella es de origen ruso. Se llama Nadia y tiene los ojos claros. El desierto calentaba el alma. El viento seco inflamaba las pituitarias. El sol se reflejaba en las estructuras metálicas de Spyland. Nadia tenía un nudo en el estómago y los ojos claros. Miles de turistas se montaban en las atracciones del parque temático. Le propuse a Nadia que subiésemos a la Montaña Rusa inspirada en el Agente Secreto de Conrad. No le hacía ninguna gracia. Nadia tenía un nudo en el estómago y los ojos claros. La convenzo con razones inverosímiles. Los Monegros a cámara rápida son menos áridos. Tiene miedo. Se nota la tensión en sus manos frágiles y en su garganta que carraspea sin querer hacerlo. Nos introducimos en la cabina que asemeja un coche de caballos londinense de finales del XIX. La atracción se pone en marcha. Nadia tenía un nudo en el estómago y los ojos claros. Avanza con una lentitud exasperante mientras sube una rampa hasta que al llegar al punto más alto desciende con un una velocidad escalofriante. En el momento en el que la cabina tiembla y se confunde el paisaje con los gritos de los turistas, digo a media voz -Nadia, te amo-. Termina el recorrido. Nadia tiene la cara descompuesta. Está mareada -La primera y última vez que me monto- Me dice con la voz temblorosa.-Casi me muero de la impresión- Poco después, recobradas las pulsaciones, me mira con sus ojos claros. Me mira con una interrogación ¿Fui yo el que le dije que la amaba o se lo imaginó en el fragor del ruido. El sonido provocado por las ruedas del carruaje deslizándose por las vías. ¿Pronuncié las palabras, o no? Nadia tenía un nudo en el estómago y los ojos claros. Saber a ciencia cierta si me había declarado es una cuestión de orgullo. De necesidad imperante de sentirse querida en la soledad del desierto. En la soledad de los trabajadores de los casinos. La veo luchar consigo misma. Quiere preguntarme una cosa, pero no se atreve a hacerlo. Al final logra arrancar unas palabras al olvido. -¿Sabes una cosa? Podríamos volver a montarnos en la atracción- Hacemos cola de nuevo. Los miles de turistas que están a nuestro alrededor no son sino sombras sobre la estepa terrosa. La ayudo a introducirse en la cabina. Nadia tenía un nudo en el estómago y los ojos claros. Esta temblorosa. El temblor es perceptible hasta que nos precipitamos de nuevo al vacío de los espías. En el climax de la atracción digo a media voz –Nadia, te amo-. Al terminar el viaje está mareada de nuevo. Le ha parecido escuchar las palabras que quiere que repita en tierra firme. No sabe si las he pronunciado yo, se las ha imaginado o las ha proclamado el viento seco. Está confusa. Se pregunta muchas cosas -Vamos al trabajo, comienza nuestro turno de croupieres en el Casino- le propongo -Le estoy cogiendo gusto a la Montaña Rusa. Si bajásemos otra vez. Una última- La tarde en la mesa de Black Jack es un aburrimiento. Me canso de desplumar a jugadores de medio pelo. Nadia se acerca a la mesa y me pasa una nota escrita con letra infantil. “Mañana pásame a buscar y nos montamos en la Montaña Rusa” Al día siguiente Nadia está asustada. Le vuelven a temblar sus manos frágiles y a carraspear sin querer. Danzando por el aire le digo a media voz- Nadia, te amo- Poco a poco se va acostumbrando a las palabras de amor. Las necesita como quien tiene que tomar aspirinas para dormir. Son el leit motiv que le hace seguir adelante en la Ciudad del Juego. La duda le atormenta el alma, le quema por dentro. Hay dos sospechosos que pronuncian las palabras. El viento seco monegrino y yo. No sabe que pensar. Hay días que la veo subirse sola a la atracción para adivinar si lo que oyó fue real o tan sólo se lo imaginó. Llega el Otoño. Pasamos poco tiempo juntos. Nadia necesita subir a la Montaña Rusa los días que le vence la nostalgia. La pobre no tiene quien le haga oír las palabras que la llenaban de felicidad. El viento no sopla y yo vuelvo a Zaragoza, para una larga temporada, quizá para siempre. Hace mucho tiempo que sucedió la historia de Nadia. Hoy está casada, tiene cuatro niñas y un perro. Se casó con un gerente de los restaurantes de Gran Scala. Vive en Barcelona y tiene mucho dinero, pero todavía no ha podido olvidar los días de la Montaña Rusa. Es el recuerdo más conmovedor de su vida Yo en mi madurez, no comprendo por que pronunciaba –Nadia, te amo-. No llego a comprender por qué bromeaba así. Nadia tenía un nudo en el estómago y los ojos claros #La imagen corresponde a una Montaña Rusa en San Diego Soy una persona de costumbres fijas. Como cada día de mi cumpleaños desayunaba en casa mirando a través del patio de luces, mientras escuchaba un recopilatorio de baladas en inglés. Luego bajaba al Archivo Municipal a leer el periódico del día que nací. Los primeros años que comencé con esta tradición me limitaba a los grandes artículos de política nacional e internacional. La mayoría de las columnas se llenaban de análisis poco acertados de lo que iba a ser la transición, o de los estertores del Régimen del Sha de Persia. Más adelante me dio por los deportes. La crónica de un Zaragoza-Sabadell en la Nova Creu Alta. Incluso conseguí el partido sacado de los sótanos polvorientos de TVE para comprobar la veracidad del texto del periodista deportivo. Estaba en formato VHS y tuve que ir a casa de mis padres para poder visionarlo. Los últimos años sentía una inclinación mórbida por los anuncios clasificados por palabras; pisos que no llegaban al millón de pesetas. SEAT 600 que llevarán muchos años desguazados en alguna chatarrería de la antigua carretera de Huesca. Prostitutas que se habrán jubilado y empleos para empresas que no pudieron superar la crisis de principios de los noventa. Este año al mirar el microfilm, ya no tenemos acceso a las hojas amarillentas de los diarios reales, he encontrado un anuncio que decía "Si quieres saber tu futuro. si quieres saber si vas a ganar mucho dinero. Si quieres saber como va a ser el hombre de tu vida, llama al 297279. Vidente Julia." El número de teléfono aparecía sin prefijos, en esos años no era necesario marcar el 976 provincial. Al verlo me he quedado sorprendido. Las seis cifras se corresponden con mi número de móvil. Al salir del archivo no me he podido resistir y he llamado al teléfono que alguien publicó hace casi treinta años en el Heraldo. He marcado los dígitos nervioso, sin saber si colgar cuando me respondiesen o si por el contrario intentar explicar los motivos de mi llamada. Una voz metálica me ha anunciado que ensos momentos no existía ninguna línea en servicio con ese número. Me he reído de que por un momento hubiese abandonado mi empirismo cientifista y hubiese pensado en una explicación trascendente de esta casualidad. He vuelto a coger el móvil para contárselo a mi mujer, pro no ha vuelto a funcionar Para no dilatar mucho los plazos ya llega un nuevo relatillo. Se trata del último fragmento que he pasado al ordenador de un relato mucho mayor. Muchísimo mayor. Los días siguientes fueron más de lo mismo. Trabajo. Casa, Backgammon y documentales de animales. Charlas con Dimitri con un café de baja calidad que se podría definir mejor como achicoria. Más casa, Más trabajo y más documentales de animales. Por lo menos, había dejado de beber Brandy. No había probado una gota de alcohol en los últimos cuatro días. El quinto era un jueves. La espiral rutinaria que era mi vida se quebró como una masa de hojaldre seco. Estaba en el trabajo pensando en los dos años en los que había estado viviendo con Sonia. Recordaba la tarde en la que me di cuenta de que lo nuestro no iba a funcionar. Eso fue la segunda vez que nos veíamos a escondidas en el taller de su padre. Hacíamos el amor dentro de una escultura metálica que acababa de vender a un Museo suizo. Sonia llevaba una pulsera de plata que hacía un ruido deshumanizado al golpearse con la superficie de zinc en la que estaba construida la obra no figurativa. Recuerdo que cuando me corrí, parte del semen cayó sobre la escultura, así que mi ADN debe estar expuesto en una sala del Instituto de Arte Contemporáneo de Lausana. Eso va a ser lo más cercano que voy a estar de exponer en un Museo. Espero que los conservadores helvéticos no tengan nunca que restaurar la pieza de Ismael Gutiérrez. Al limpiar los restos físicos de la pasión sobre la superficie metálica supe que no teníamos futuro. Cuando lo dejamos dos años después, Sonia me confesó que también sabía que lo nuestro iba a ser como una escultura de hielo que se derretiría a los pocos rayos de sol. Como siempre me había ganado. Lo sabía desde el día que su padre nos presentó “Aquí mi hija. Aquí el joven Sr Faus, mi sucesor artístico…” Nació en 1908 y el azul del mar le asustaba, quizá por eso sabía desde pequeño que iba a acabar trabajando en un trasatlántico. Puede que tomase consciencia de su destino marino el día de su Primera Comunión, que fue tan triste como el sonido de un barco en medio de la inmensidad del océano. Tenía el don de la imaginación. Se inventaba historias que parecían novelas decimonónicas. Al cumplir los diecisiete años leyó Madame Bovary y se dio cuenta que había diseñado una trama similar. odió a Flaubert por haber cometido una especie de retroplagio. Su padre solía repetir, como un oráculo afónico, que su hijo se convertiría en periodista por lo bien que se le daba retorcer la realidad como si fuese un papel de fumar. Los dos tenían razón, trabajaba en el diario del barco que cubría la línea regular Cádiz- Buenos Aires..Por la noche en la soledad de su taller tipográfico componía las noticias que le llegaban por radio. También escribía de su cosecha algún artículo sobre la vida abordo. Un concierto insoportable de clarinete, la cena de gala del Capitán Bermúdez, o la crónica de los entretenimientos de cubierta Nunca le gustaron los pasajeros que subían al puente con sus sombreros oscuros y sus bigotes bien recortados. El trabajo le aburría. Comenzó a inventarse nombres de pasajeros ficticios. Nadie parecía darse cuenta de esos eres inventados en pleno Atlántico. Tenía la sensación de que sus palabras quedaban sepultadas entre el vaivén de las olas. Le gustaba la sensación de escribir para que no se le prestase atención. El siguiente paso en su escala de embustes fue la noticia de un robo en uno de los camarotes de lujo, de esos en los que se puede los brillos marinos del amanecer tumbado en la cama. No armó el revuelo que esperaba, así que no le quedó más remedio que pasar a mayores. Hizo que triunfase la sublevación de Jaca de 1930. Se enteró de los acontecimientos promovidos por Gabriel y Galán a través de puntos y rayas; y de su posterior fusilamiento. Pero la sublevación siguió viva en el barco durante lo que restaba de viaje hasta Buenos Aires. Todo el mundo estaba muy revolucionado. Los pasajeros de Primera caminaban irascibles por el puente de cubierta mientras se fumaban unos Cohíbas. Los de Segunda y Tercera se preocupaban por los familiares que habían dejado en casa, pese a que sabían que una vez que se habían montado en el buque no los volverían a ver jamás. Hubo un par de conatos de peleas entre partidarios y detractores. Hubo quienes querían que el trasatlántico diese media vuelta como si fuese un coche en una carretera. La tensión hacía insufrible el olor a mar. los bailes eran desangelados. Las partidas de mus taciturnas y el Capitán Bermúdez no hacía que repetir más que adverbios finalizados en mente. Pudo concluir el asunto cualquiera de los días que duró el viaje. Hubiera sido sencillo, pero no lo hizo. Nunca le había gustado el azul del mar. esa era la única manera de sobrellevarlo. Al llegar a tierra todo se descubrió. Las consecuencias para él fueron demoledoras. Se tuvo que quedar en Argentina para evitar un juicio en España por alta traición. El Nuevo Mundo no le trató demasiado bien. Acabó sus días como limpiabotas frente al Teatro Colón. Cada vez que sacaba lustre a mis zapatos, con unos viejos trapos, me repetía la misma monserga. Como era dado a inventarse historia, no le hice mucho caso; pero daba datos difíciles de imaginarse #La imagen se corresponde al naufragio del Monte Cervantes en 1930 Lo prometido es deuda. Debía el relatillo del mes de Mayo que se quedo entre los preparativos nupciales. El texto corresponde a un fragmento de un relato mayor titulado "El lepidóptero más grande de Europa". Un joven entomólogo alemán viaja, en plena República española, hasta el Pirineo para realizar un estudio científico sobre insectos autóctonos. Se aloja en la pensión Marcuello donde convive con diversos personajes que tienen una existencia agitada como el relieve accidentado de las montañas. Roque era uno de los integrantes de la fonda que trataba a Hans Von Riehoff con cierta naturalidad. Había conocido a varios alemanes en la fábrica de cerveza en la que se había deslomado doce horas diarias durante demasiados años. Se había auto infringido un pseudoalcoholismo que trataba de disimular con la maestría propia de un actor de teatro calderoniano a primera hora de la mañana, como uno de películas de capa y espada por la tarde y como maestro de ceremonias de un espectáculo sicalíptico conforme avanzaba la noche. Roque “el marabú” comparaba si se le tiraba de la lengua su embriaguez a la silicosis de los mineros asturianos. –No os riáis, no; lo mío es una enfermedad laboral-. Y según como se mirase algo de razón no le faltaba. Entró a trabajar de crío en la fábrica de cervezas Galve de Zaragoza, próximas a la Estación del Norte en pleno Arrabal. Su aspecto infantil le hacía parecer más joven de lo que en realidad era, por lo que comenzaron a llamarle “el comulgante”. Era un chaval alegre que caía simpático a los compañeros de fatigas, que sobre todo eran de carga y descarga de tropecientos mil sacos de cebada para la producción de la cerveza Galve. La cervecería tenía el eslogan de “La cerveza que más vale, no vale ni la mitad de lo que vale la de Galve”. Era muy divertido escuchar las cuñas comerciales de la radio en directo que convertían el anuncio en un auténtico trabalenguas capaz de trastabillar a un locutor experimentado. Entre los trabajadores de Cervezas Galve que desarrollaron un afecto especial por “el marabú” se encontraba el maestro cervecero contratado por el Sr Galve, a golpe de talonario, en plena celebración de la oktoberfest muniquesa. Dietmar Finkel, que así se llamaba, se apiado del aspecto frágil y enclenque del marabú a quien acogió a sus servicios en el laboratorio y la sala de cocidas de la rutilante fábrica situada en la margen izquierda del Ebro. En un principio Herr Finkel empleaba al chaval en tareas sencillas de correveidile con la dirección de la empresa, que si necesitaremos más cebada, que si quiero esto que si quiero lo otro, que hay que limpiar los tanques de fermentación etc. Así pasaron un par de años, el “Marabú” entró de pleno en la adolescencia y ya no conmovía el tierno corazoncito del señor Galve, pero el teutón, que en el fondo era un sentimental, se resistía a perder a su ayudante al que creía haber formado en el método pilzener de elaboración cervecera, de tal manera que lo reconvirtió en un una especie de técnico auxiliar de laboratorio que le ayudase en la creación de nuevas líneas de producción. Al poco de comenzar sus nuevas tareas el maestro cayó en la cuenta de la poca habilidad de su discípulo a la hora de manipular tubos de ensayo, el almirez y demás artilugios científicos; pero reparó en el gran paladar que tenía el marabú y eso que todavía estaba en pleno crecimiento y sus papilas gustativas no se habían desarrollado del todo. Dietmar Finkel intentó aprovecharse de esta cualidad de Roque. Le instruía en diferenciar los distintos niveles de fermentación del lúpulo, el sabor acre de los diferentes tipos de cebada, como el paladar no se entrena con una o dos jarras al día, el marabú acababa ingiriendo entre cuatro y cinco litros de cerveza en sus doce horas de jornada laboral, lo que con quince o dieciséis años no parece demasiado sano. Todavía en ciertas noches de niebla, en las que un oscuro manto envolvía la pensión Marcuello, se lamentaba de no haber comenzado a trabajar en una fábrica de gaseosas. El señor Bruno pensaba que la fotografía es una de esas profesiones que desde fuera parece mucho más bonita de lo que realmente es. Tras varios años entre carretes y líquidos reveladores había aprendido a desconfiar de todas las imágenes que se detuvieron en el tiempo. No se las creía, prefería las mil palabras. Al menos la tecnología le permitía seguir trabajando sin la obligación de emplear los productos químicos para positivar las fotografías. El señor Bruno no se imaginaba que la revista para la que trabajaba lo iba a enviar a la parte más recóndita de los Pirineos para que tomase fotografías de un coll de nombre difícil de pronunciar. La sola idea de desplazarse fuera de Zaragoza a través de carreteras secundarias de montaña, le irritaba. Nunca había llevado bien lo de las cadenas. Le esperaba otro reportaje de cimas pirenaicas que iría acompañado de un texto aburrido y tan lleno de lugares comunes como una novela de Corín Tellado o Marcial Lafuente Estefanía. El señor Bruno se hizo una maleta exigua, un par de jerseys gruesos, unas botas con una suela más desgastada que las laderas del Moncayo, un forro polar para abrigarse cuando se sintiese incómodo y una radio sin pilas para acordarse de que tenia que comprarlas. Llegó con el anochecer, parecía que escapaba de un sol inofensivo que se escondía entre los perfiles afilados de unas montañas conscientes de sus aristas. El señor Bruno se alojó en la única pensión de la zona. Era uno de los pocos clientes que dormía en las habitaciones decoradas por un interiorista triste., La noche en la que llegó no salió de su cuarto. A la mañana siguiente, todavía con legañas en los ojos, se acercó a su ventana que tenía una vista completa del coll. La niebla cubría la cima, sólo las estribaciones quedaban visibles a los ojos del señor Bruno. No parecía que fuese a escampar. Tendría que pasar otro día por la zona alejado del comfort y de la calefacción de su apartamento de Zaragoza. Aprovechó el tiempo para limpiar su equipo fotográfico, pasó un paño por los objetivos. No tardó ni media hora, las cámaras digitales necesitan muchas menos atenciones que las viejas cámaras con las que comenzó su carrera como artista de la imagen y con las que continúo su actividad inmortalizando bodas y bautizos. El día iba a ser largo. Se dio un paseo y contempló los primeros copos de nieve de la temporada mientras leía un periódico del jueves pasado. A la mañana siguiente se aproximó a la ventana y comprobó que la niebla permanecía inmóvil. Un denso muro de humo parecía cubrir de alabastro en ebullición la geografía accidentada del terreno. Otro día perdido. Decidió socializarse, conoció a un hombre delgado que había sido apoderado taurino y que en la actualidad se dedicaba al reparto de vinos del Somontano. También habló con la dueña de la pensión que estaba convencida de que el señor Bruno le había hecho el reportaje de bodas quince años antes con el cabrón de su ex marido. La conversación fue decayendo con el paso de las horas y se extinguió con el último trago de un carajillo de brandy barato. La niebla persistió al día siguiente, al siguiente del siguiente, al otro, al día después del otro y muchos más que se confunden con el paso de los meses; incluso hoy en día perdura. El señor Bruno todavía se levanta temprano con legañas en los ojos y cumple con el ritual de acercarse a la ventana para saber si va a ser el día en el que fotografiará el Coll. Al señor Bruno le da igual la climatología, le quedan dos semanas para jubilarse y además ya no cree en la fotografía. Estaba en casa traduciendo unas canciones de Marlene Dietrich grabadas en un disco de pizarra. El sonido artificial salía, como si estuviese pidiendo perdón, por la trompa de un gramófono que había comprado en el rastro de la plaza de Toros. Sabía que era robado porque cuando lo llevé a casa todavía guardaba el número de inventario de un museo. Me daba igual su procedencia no tenía ninguna intención de devolverlo. Escuchar canciones de cabaret me hace tener ganas de beber Cognac y fumar puritos. Es una lástima que esté dejando el tabaco. Los parches de nicotina son un asco sobretodo cuando comienza a hacer calor. Por más que lo intentó no pudo acordarse en donde estaba su casa. Sólo recordaba que creía trabajar en el ayuntamiento, pero no recordaba de que ciudad. Se acercó a la barra del bar y pidió lo más típico que tuvieran para ver si refrescaba la memoria. Le sirvieron cerveza. No llevaba cartera, pero logró encontrar un billete arrugado de veinte euros en uno de los bolsillos de su pantalón de pana. Salió a la calle con la esperanza de reconocer las esquinas, el cableado eléctrico, los autobuses urbanos o las tapas de las alcantarillas. No le sonaban, como tampoco le sonaban los buzones o los bancos repletos de personas mayores. Se metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó una foto de Mao Zedong. Una vendedora de castañas le intentó vender una docena de castañas que rechazó con elegancia. Le preguntó a un Guardia Urbano, de mediana estatura, el camino para llegar al ayuntamiento; por las horas que eran suponía que debía estar trabajando. Intentó pasar por la entrada exclusiva de funcionarios pero no le dejaron. se acordó de la historia del hipnólogo que había entrado en trance al mirarse en el espejo cuando se peinaba, pero estaba seguro que no era su caso. no aguantaba a los hipnólogos con sólo pensar en ellos cambiaba su estado de ánimo. La palabra hipnólogo hacía que se le pusiesen los pelos del brazo en punta. No sabía qué hacer ni a dónde ir. Estaba a punto de echarse a llorar como un niño de nueve años, cuando un hombre moreno de cejas gruesas se le acercó con un gesto de familiaridad. Le sonrió, le dió la mano y le preguntó con cordialidad qué tal estaba una tal Carmen. Le respondió que bien y comenzó a seguirle la corriente, hasta que el señor de las cejas gruesas le dijo -Qué bueno lo del otro día en la televisión cuando hipnotizaste a Luis Alegre-. Lo único que conservé de mi relación con Elsa fue su libro de recetas imposibles, que había heredado de su abuela y esta a su vez de su abuela. Se lo dejó olvidado en el cajón de la mesilla de mi dormitorio. Cuando nuestra historia llegó a su fin, me pidió que se lo devolviese. Le mentí y le dije que no lo tenía. Le convencí para que pensase que estaría oculto en su casa, lo más probable traspapelado o bien bajo algún montón de libros. Lo único que quería era hacerle daño, resarcirme de los meses que me había hecho perder, de las ilusiones que se habían diluido como una escultura de hielo en los Monegros o como el humo de pipa de una tribu india. Me quedé el recetario con intención de bajarlo a la basura en una noche de verano, una de esas noches en las que se reflejan las lágrimas de San lorenzo en los escaparates de los comercios cerrados por vacaciones. Hace pocos días pensé en romperlo en pedazos, eran las once de la noche y acababa de volver del cine. La película había sido tan aburrida que me había puesto a pensar en Elsa, en su pelo liso y en sus muslos de plata. Era el momento adecuado para desembarazarme del libro de recetas. Le hice una última concesión a la nostalgia y comencé a hojear su contenido. Me sorprendió la primera página que llevaba por título "Recetas para no ser realizadas bajo ningún concepto". Seguí leyendo la segunda página en la que se comentaba el modo de preparación de un plato de cordero bizco guisado con agua del Ebro y unas hierbas recogidas con el rocío de la mañana. Decidí indultar el libro un día más. La noche siguiente leería otra receta con el delantal puesto y si por casualidad era capaz de cocinarla destruiría el libro y lo llevaría al contenedor de papel para reciclar; si por el contrario no lo lograba lo intentaría al día siguiente y así sucesivamente. Al levantarme me acerqué a Montal con el propósito de comprar todos los ingredientes que pensaba que podía utilizar por las noches de ese verano. Me fui con unas bolsas llenas de especias de nombres impronunciables, de verduras de todas las tonalidades de verdes y de salsas creadas por los cocineros más caprichosos, de esos que tienen gorros de más de treinta centímetros de alto. Cuando volvía a casa me encontré a Elsa, pasé muy cerca suyo pero agaché la cabeza y evité saludarla. Por la noche, bajo la iluminación anémica del tubo fluorescente de mi cocina, leí una receta de trucha pescada en Jueves Santo con eneldo frito y piñones de una piña abierta nada más caer. Rompí el libro y tuve que hacerme un sandwich. No tengo palabra ni en los cuentos Nunca fallaba. Era un tipo con suerte. Utilizaba el apellido de su madre de origen italiano, que consideraba más exótico que el que aparecía en su documento nacional de identidad. Conducía un Alfa Romeo rojo de segunda o tercera mano que se calentaba cada vez que se paraba en un paso de peatones. El sol había devorado el color rojo de su capó y la ventanilla del copiloto no bajaba. Era un verdadero suplicio montar en su coche cuando el calor asfixiante del verano convertía su automóvil en una sauna finlandesa con ruedas. Recuerdo que Laura me comentó que un mes de agosto les dio por ir a visitar yacimientos arqueológicos visigodos. En el trayecto entre Zaragoza y Recópolis, con una temperatura cercana a los cincuenta grados centígrados, sufrió un espejismo a pocos kilómetros de Calatayud. Nunca fallaba. Bruno era un tipo con suerte. Tenía una capacidad innata para calcular la edad de la gente. Daba igual que aparentasen más edad de la que en realidad tenían. No se dejaba engañar por unas canas prematuras, por una piel arrugada o por un rostro estropeado por haber vivido demasiado deprisa, a una velocidad por encima de lo que suelen hacer las personas normales. Tampoco le hacía errar una cara infantil de grandes mofletes colorados y orejas pequeñas. El día que lo conocí, mientras comíamos en el Praga una brocheta de rape con verduritas a la plancha, me dijo –Tú tienes dos años y tres meses menos que yo, así que tu cumpleaños tiene que estar al caer. Si cumples 34 antes de quince días te pagas la comida.- El cabrón lo había acertado. Yo pensé que se lo habría contado Laura, la chica que me lo había presentado. Pero Laura aseguraba con la terquedad que tienen los palacios de piedra que no se trataba de una jugarreta preparada para chulearme tres platos del día. Tras los cafés debía regresar a mi casa para dar los últimos retoques a un proyecto sobre arquitectura efímera. Bruno se ofreció a llevarme en su Alfa Romeo de tapicería desgastada por las carreteras secundarias de todo el sur de Europa. Me contó el viaje que hizo destino Burdeos, con una chica a la que quería impresionar, para contemplar in situ el cuadro que aparecía en la portada de Corazón tan blanco de Javier Marías. La chica, bastante atractiva, acababa de leerse una reedición de la novela. Bruno aborrecía a Marías, probablemente le tenía envidia por no haber sido sobrino de Jess Franco. Tras ochocientos kilómetros al volante, descansando cada hora y media para que el radiador del coche se refrigerase, llegaron al Museo de Bellas Artes de Burdeos. Faltaban diez minutos para que cerrasen. El acceso al interior de las salas estaba interrumpido. Quince minutos antes de las Cinco ya no se podía pasar. Recurriendo a su francés casi olvidado Bruno consiguió, no se explicaba muy bien cómo, que el funcionario de la taquilla les dejase entrar con la condición de que sólo vieran esa obra y se fuesen. Cuando llegaron a la sala de pintura francesa del siglo XIX, donde suponían que iba a estar el lienzo, contemplaron un enorme vacío en la pared. El cuadro estaba cedido para una exposición temporal, en Barcelona, de la Fundación La Caixa. Para verla podían haber conducido trescientos kilómetros, quinientos menos de los que habían recorrido entre áreas de servicio de carreteras comarcales. A simple vista podía parecer que su suerte no le sirvió para nada en esa ocasión; pero todo lo contrario, escribió un relato con su experiencia y le dieron un premio en un certamen literario en Granada. Me dejó en la puerta de mi casa y me deseo suerte -Suerte, la que tú tienes.- Le dije mientras arrancaba su Alfa Romeo -Toda para ti, quédatela.- Subió la ventanilla y me hizo un gesto huidizo con la mano. Esa noche tuvo un accidente. Su coche acabó en el fondo del Canal Imperial. #La imagen corresponde al cuadro Rolla de Henri Gervex, 1878. Se trata de la portada de Corazón tan Blanco publicada en Anagrama |