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Lo que dijo el trueno

La distancia más corta entre la pobreza y la miseria es dedicarse a trabajar elaborando contenidos para páginas web. Ese era el modo de ganarme la vida. La naturaleza de lo que tenía que escribir era de lo más peregrino. Unos días debía rellenar dos mil caracteres sobre tractores para una fería de maquinaria agrícola, otros explayarme sobre recursos turísticos de localidades costeras diseñadas con criterios estéticos y urbanísticos que podrían juzgarse en tribunales internacionales del buen gusto; de vez en cuando me topaba con algún contenido interesante. Hace un par de semanas tuve que escribir sobre “El chemin Stevenson”, una ruta en burro por los parajes exuberantes de un parque natural francés del Macizo Central, que recorría los mismos senderos por los que transitó Stevenson con una burra llamada Modestine para intentar olvidar el amor que sentía por Fanny Osbourne. Ayer recibí un correo electrónico de una de las últimas revistas cinematográficas del país, la gente de cierta edad sigue yendo al cine por inercia, pero hace tiempo que dejó de comprar publicaciones especializadas sobre el séptimo arte. Me pedían que realizase una sinopsis de la versión cinematográfica que dirigióTruffaut de Farenheit 451. Nada de corta y pega de alguna crítica, ni tampoco una traducción patatera de algún texto anglosajón. Debía elaborar un contenido original, que con bastante probabilidad sí que sería plagiado y pirateado en otras páginas web, o en blogs sobre Bradbury y otros escritores de ciencia-ficción americana de los 50. Pagaban igual de mal, o peor, que los demás encargos que debía elaborar los próximos días; así que no tenía demasiadas ganas de perder mucho tiempo en finalizar las mil quinientas palabras que me exigían. En primer lugar debía volver a ver la película. Hacía casi veinte años que la había visto en la vieja sala de una Filmoteca de provincias de entrada gratuita y butacas desvencijadas, con una moqueta desgastada de color gris ceniza, a la que acudían varios indigentes para dormitar calientes entre películas de Herzog y de Pasolini. Para acelerar el proceso decidí visionar Farenheit 451 en el propio ordenador en un enlace de Filmin, pero como por desgracia el tiempo es dinero, decidí imprimirle una velocidad ligeramente superior a la nornal. Comencé la película a 1,5X, los diálogos eran inteligibles. Se distorsionaban un poco, pero se entendían las dudas del bombero Guy Montag y los grados a los que ardían los libros, que traducidos a nuetra escala centígrada son 232,8ºC. Decidí ponerla un poco más rápido, al fin y al cabo, ya la había visto y me había leído la novela en una edición barata de bolsillo. Aceleré el ritmo de reproducción a 2X. Las imágenes continuaban guardando una secuencia fácil de comprender, aunque los diálogos habáin perdido la coherencia de los cauces de comunicación normalizados. La impaciencia me hizo aumentar a 4X. Su argumento y diálogos solo se podían seguir de una menera parcial y sesgada. Antes de llegar a la mitad de película, me decanté por comenzar a redactar el texto que me habían encargado. Dejé abierto en segundo plano la reproducción de la película a 4X, a la que no presaba ninguna atención. De repente, cuando estaba desarrollando la relación entre Montag y Clarisse, pude escuchar alto y nítido del sonido que producía la película: “No debe publicarse Después de la roja luz de las antorchas. Deténgalo, por favor. Hay mucho más en juego de lo que se cree”. Acto seguido continuaba el fluir amorfo de unos diálogos indescrifrables por su alta velocidad. Me extrañó mucho, dejé de escribir y volví a poner en primer plano la película de Truffaut. Vi seis o siete minutos a la velocidad normal de reproducción, pero no se percibía ninguna alusión a“Después de la roja luz de las antorchas”. Por el contrario aceleré la reproducción a 4X y de nuevo se pudo escuchar: No debe publicarse “Después de la roja luz de las antorchas”. Deténgalo, por favor. Hay mucho más en juego de lo que se creen”.

Algo estaba pasando. No sabía de qué se trataba, pero no era normal. Tenía la pinta de un mensaje subliminal, como el de las leyendas urbanas de los discos heavies de los años ochenta con mensajes satánicos que incitaban al suicidio colectivo y otras zarandajas. Daba la casualidad que Después de la roja luz de las antorchas era el título de la última novela, todavía no publicada, de Javier Marías. Hacía referencia al verso inicial del último capítulo de La Tierra Baldía de Eliot. Al igual que varias de las novelas de Marías la historia se desarrollaba en un campus británico y su protagonista era un joven profesor que se dedicaba a investigar sobre libros quemados por heréticos, al que su mismo departamento en el que trabaja quiere expulsar por el contenido políticamente poco correcto de uno de sus trabajos académicos. Quedan un par de meses para que Alfaguara publique la novela. No sé quién pudo dejar un mensaje en 1966 en el doblaje español de una película de Truffaut, audible a cuatro veces la velocidad nomal de reproducción, alertando contra una novela de Javier Marías que todavía no ha visto la luz editorial. Quién sabe si es una casualidad explicable por un algoritmo de sonidos que desconozco o es una señal que pueda evitar algún daño mayor. Una tragedia que quizá me marque para el resto de las noches en las que no pueda conciliar el sueño. No tengo ni idea, pero no voy a hacer nada. Por algo mi segundo apellido es Bartleby.

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