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SOMBREROS

SOMBREROS

El jueves anterior al Jueves Santo terminé de trabajar tan aprisa como pude. Al día siguiente tenía una fiesta de disfraces con motivo del estreno de LZ 127 . Debíamos ir caracterizados de los "Años 30".. Los chicos lo tenemos bastante fácil, un traje sobrio, chaleco o tirantes, zapatos de cordones y un bigote rancio parecido al de las películas de Alfredo Mayo. El único sombrero que he comprado en mi vida descansaba en la casa del pueblo de Jesús Obón, que se ha convertido en una especie de estudio cinematográfico amateur. tres o cuatro trajes de mi vestuario han corrido la misma suerte. El fondo de armario para la fiesta era limitado, así que decidí darme vidilla para hacerle una visita a la tienda de Paracelso antes de que cerrase. José tocaba una batería remendada, tenía su gracia. Le pedí sombreros

-No sé si tengo muchos. Con los que he vendido. Alguno me queda, pero es de los caros, de los de Señor Bien-

Buscamos en los armarios polvorientos de su almacen. Encontramos tocados femeninos de los 30 y de los 40, gorros militares de la época de Alfonso XIII, pero no sombreros de fieltro normales.. Me enseño luego los sombreros de prestigio un bombín de un señor con cabeza diminuta y una chistera guardada en caja. Estaba impecable, fabricada por Christie´s en el Londres de primeros de siglo XX. Me fui de la tienda sin sombreros pero con ocho novelas de Tarzán de finales de los "años 20" metidas en una bolsa de plástico cargada hasta los topes con títulos como "Tarzán, el gran jeque" o "Tarzán contra los pigmeos". Las primera ediciones en castellano publicadas por Gustavo Gili en Barcelona. las portadas son anaranjadas y conservan un estilo art-deco que perpetúa la imagen del buen salvaje. Me despedí de José y de su tucán de alabastro, verdadero icono de la Zaragoza en la que todo es posible.

Me iba para casa y me encuentro con Julio Ferrer. Me dice que ha quedado en el Bonanza y que me deja un traje cojonudo para la fiesta del día siguiente. Los floreros de cerveza del Bonanza nos animan bastante. Julio regresa con el traje de su boda. Me obliga a cuidárselo bien aunque me lo trae sin percha ni bolsa.

-Cuídamelo, que este traje es el de mi boda y el de mi entierro. El matrimonio y la muerte son dos cosas muy parecidas. Las dos comienzan por M, como mierda-

Julio está divorciado. Cuando le invité a mi boda se negó en rotundo a asistir. Me dijo que vendría simplemente a esperarme con una moto, puesta en marcha, en la puerta de la iglesia por si me arrepentía, y que si lo hacía me llevaba a cenar a París sobre dos ruedas.

Manolo el del Bonanza me dio una bolsa blanca de plástico para transportar el traje. Continuamos la noche de gin-tonics, yo iba con mis bolsas como un homeless.. Llegó un momento en que me entró la cordura y decidí retirarme. Por sorpresa, el resto del equipo optó por descansar ante el ritmo que íbamos a llevar el fin de semana, aunque Juan Anillo insistió en tomar la última en el bar de unos amigos suyos. les dije a J. Obón y J. Anillo que los acercaba en mi taxi, a Obón a su casa y a Anillo al bar de sus colegas, ambos lugares me caían de camino. No sé como , pero Juan Anillo convenció al taxista de que parase el taxímetro y nos dejase a quince metros del bar al que iba. Se trataba de un pub de ambiente para maduritos en el que sirven muy bien las copas y la música es decente. Allí estaba yo con mis ocho novelas de Tarzán y el traje de boda del señor Ferrer, si Edward Rice Burroughs levantase la cabeza

 

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