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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2006.
Las primeras semanas de vacaciones son atemporales y que mejor manera que ejemplificarlo con una carta de ajuste para señalar la inactividad del blog, durante buena parte del mes de julio. Las cartas de ajuste me relajan. Me recuerdan a las peceras globulares con un pez naranja que nada en círculo, mientras se pregunta si el Dr Oliver Rodés aprobaría el agua en la que vive. Me recuerda también a las llamas de una hoguera que fuma cigarrillos mentolados. Siempre me han gustado las cartas de ajuste. Tenía una cinta de vídeo Beta, grabada por error, con cuatro horas de emisión de ese collage analógico. Jamás la borré. Nos veremos a finales de julio, ¡ qué las altas temperaturas os respeten y que las calles desiertas no se derritan a vuestros pies!. Siempre me ha fascinado la figura del poseedor de secretos. Áquel que sabe algo y lo esconde del resto de la humanidad. Los guardianes de asuntos vitales que deben ser preservados del común de los mortales, ya que su conocimiento harían que el mundo dejase de ser tal como es. En estas vaciones, mientras visitaba la platería del palacio de Hofburg, me encontré con un secreto que amenazaba la estabilidad de la monarquía de los Augsburgo hasta 1918 y del Estado Austríaco hoy en día. Una práctica para iniciados, casi ocultista, en la que se cimientaba el poderío del Imperio Austro-Húngaro. Me refiero al pliegue exclusivo de las grandes celebraciones gastronómicas, tres bucles, el del centro más alto y más grande que el resto, lo que le otorgaba un aura de diadema de lino, con la particularidad que cabía un pequeño panecillo debajo de cada uno de pliegues. Sólo dos personas eran las conocedoras de su confección. Dos personas que albergaban un secreto por el que debían morir si era preciso. Una gran responsabilidad de ser los dos únicos seres vivos en los que descansaba la tradición de cientos de años. Todavía en la actualidad existen dos dobladores de servilletas que aprendieron de manera oral la ejecución del pliegue de la servilleta, nunca pueden viajar juntos en el mismo tren y su nombre es desconocido, preservado en el anonimato. Hoy se encargan de preparar las servilletas de las cenas de gala, cuando en las salas de los palacios desmonarquicizados impera un rancio silencio afelpado. Es triste guardar un secreto como el del doblador de servilletas. #Pese al incendio del Hofburg el secreto persiste Creo que he soñado con osos, con la osa tuerta del parque Bruil. En los últimos días se han cruzado muchos plantígrados en mi vida. Por un lado en una tienda de decoración de Calahorra, un oso de peluche imitación de los osos Steiff de la Alemania que amanecía con el S.XX. Un oso deshilachado, con los ojos vidriados-vidriosos, que parece llevar mal el calor veraniego y está esperando a que alguien le entre un vaso frío de agua-limón. Por otro lado el fin de semana pasado, asistí a una boda en Zaragoza en la que coincidí con un bearnés , muy simpático, que se parecía a Burt Lancaster en El temible Burlón. Hacíamos aprecio de la barra libre del Hotel Boston, en el que se alojaban varios pilotos de la Baja Aragón, y acabamos hablando de Oloron y de los Bouquinistes de tiendas diminutas en los alrededores de la Catedral; pero sobre todo hablamos de osos, osos pirenaicos, osos croatas, osos rijosos y osos varios. Me contó que hacía diez días unos amigos suyos habían visto al hijo de Canelle, que afortunadamente sigue vivo. Me comentó que conoce al hombre que mató a Canelle, continúa bajo tratamiento médico. Me imagino que es el peso que se debe pagar por extinguir al oso del Pirineo;algo similar a lo que sintió quien mató al último pájaro Moa. Por último la lectura que me refresca estas tardes sofocantes transcurre en el Polo norte, la imaginación evocadora puede ser más efectiva que un ventilador destartalado que se parece a la vieja noria del Práter. Se trata de la novela con la que Echenoz ganó el Goncourt, en ella se dan consejos pertinentes por si te das de bruces con un oso polar. Es dudoso que me cruce con alguno por el barrio de las Delicias, pero por si acaso tomo nota: "No escapar corriendo, el oso corre más que uno. Más bien desviar su atención arrojando hacia un lado alguna prenda de color. Por último, cuando el encuentro resulta inevitable, recordar que en último caso todos los osos blancos son zurdos: puestos en la tesitura de defenderse, mejor abordar al animal por su lado menos ágil. No deja e ser ilusorio, pero menos es nada." Me sigo quedando con la osa tuerta del Parque Bruil. #La imagen se trata de una réplica de Steiff de los felices 20 |