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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2006.
Ayer por la noche comencé a escribir un nuevo relato sobre un tipo que acude a la Iglesia del Portillo a recitar el poema que lord Byron escribió en honor a Agustina de Aragón. LLeva a su conquistas frente a la tumba de la heroína y con voz caveronsa reproduce las palabras que inmortalizó Byron en 1814, cuando vio a Agustina en Sevilla. Como anticipo podéis leer el poema original: “Childe Harolde’s Pilgrimage’ #Aquí comienzan las Crónicas de Mañohattan, una serie de reflexiones sobre Nueva York desde el punto de vista de un zaragozano. No es agradable tener que pasar un examen exhaustivo para entrar en ningún sitio y menos después de doce horas de viaje. Cada minuto en la fila de los mostradores en los que los funcionarios de inmigración realizan su trabajo anodino, repetitivo, una verdadera cadena de producción del control de masas; es un pequeño suspiro de nerviosismo e impotencia. Compartimos la espera con un vuelo proveniente de Reykjavik. El tiempo en Islandia debía ser muy frío. Los pelos rubios, casi albinos, sobresalían lacios de jerseys gruesos y cuellos altos. Tardamos casi una una hora, sesenta minutos en los que incubábamos el jet-lag como si fuese un virus que iba a absorber nuestras energías. Tardamos casi una hora en llegar al puesto de trabajo de Mr Dang, quien nos aguardaba enfundado en unos guantes de plastiquete, como si fuese a comprar un kilo de peras blanquillas. Yo estaba dispuesto, hasta ese momento, a realizar con una sonrisa todos los trámites para entrar en EEUU. Pero Mr Dang cogió mis dedos índices con la aprensión de quien toca a un leprososo feo, entonces decidí sacar a ese Lon chaney que todos tenemos dentro y esbocé mi mejor gesto de recelo. Expresión que quedó inmortalizada con píxeles en el archivo digital del Departamento de Interior norteamericano. A Mr Dang le dio lo mismo, no modificó su cara del contrariado eterno, parece ser que continúa la tradición de la poca amabilidad del personal de la Isla de Ellis El comportamiento de Mr Dang es una pena. La gente se puede llevar una imagen equivocada de la amabilidad de los neoyorquinos, quienes desde un panadero del Bronx a un conductor de autobuses de Staten Island, pasando por el señor que fabrica la masa de los pretzel que se venden en lexington Avenue; se despiden con un veraz "have a nice day" El tráfico en Manhattan no es tan caótico como parece, de hecho las obras de la Expo han producido que la vorágine automovilística sea mucho más estresante a esta lado del Ebro que entre las largas avenidas neoyorkinas. Si el Taxi tiene una razón de ser, ésa es Nueva York. Se trata de la capital mundial del Taxi. Desde las azoteas de los rascacielos se distingue el color predominate amarillo, que traslada a personas de todas las clases sociales. Montarse en un Yellow Cab es como seguir el camino que lleva a Oz pero con taxímetro. Tener un coche en Manhattan no es demasiado práctico. La falta de aparcamiento y los precios elevadísimos de los garajes han convertido al automóvil en un lujo, como los anillos de Tiffany´s en algo superfluo. Montarse una autoescuela tiene la misma visión comercial que abrir una tienda de alquiler de laser-disc, o una agudeza empresarial similar a la que tuvieron los indios algonquines cuando vendieron Manhattan a los holandeses por 24$. La gente anda, coge el Metro o para taxis de grandes maleteros y capots delanteros barrocos. Coches imponentes para los que solemos volver a casa de madrugada, desde el Puente de Piedra, en nuestros taxis blancos con capilla verde. De entre mis experiencias con los taxis me quedo con el taxista sikh llamado Phatada, o al menos eso se podía leer en su licencia. Phatada cargó nuestras pesadas maletas en su Buick y se colocó bien su turbante rosáceo antes de comenzar la carrera. En los accesos al Puente de Williamsburg se atusaba la barba, que le llegaba al pecho, e intentaba adivinar de dónde proveníamos desde el espejo retrovisor. Luego se puso a hablar por el manos libres en algún dialecto hindi, perdiendo todo su interés en nosotros. Estos sikhs son listos, se intentó quedar con una propina de 50$. No lo consiguió, una cosa es que nos caigan en gracia las personas de sudeste asiático, pero una propina de 50$ no se la dejamos ni al gurú Nanak, fundador del sijismo allá por los albores del siglo XVI. Los restaurantes de moda tienen un problema, es que están de moda. Con frecuencia hay que hacer cola, que por otra parte abre el apetito. Ir a un local en las que un maitre molón viste como lo haría Jones en La conjura de los necios, puede provocar situaciones interesantes. En el mundo de la hostelería lo francés es chic desde el barrio de Torrero a Bangladesh. Manhattan no podía ser menos. Varios establecimientos de los que alcanzan las máximas puntuaciones en la guía Zagat tienen escrita su carta en el idioma de la otra cara de los Pirineos. La guía zagat es una publicación que califica del 1 al 30 diversos aspectos relacionados con el restautante, su comida, su servicio, su decoración y su precio. Me gustaría saber qué puntuación obtendría el Sorte en el apartado servicio El día que fui con Silvia a comer al Pastís veníamos de la Feria del Libro de Brooklyn. Los editores dicen que Brooklyn es la parte de EEUU que tiene más escritores por kilómetro cuadrado. Los niños que nacen allí vienen con una novela debajo del brazo. La gente que coge el metro para regresar a su casa lee en los vagones obras de alta enjundia literaria, dejando los best-sellers para la intimidad del hogar. Tienen miedo a ser identificados como consumidores de literatura de Segunda División B. En la feria me llamaron la atención dos cosas. La primera fue la manera que tenía una escritora de publicitar su libro. Se trataba de una boxeadora que reflexionaba sobre lo femenino y el cuadrilátero. La autora hacía abdominales de manera ininterrumpida hasta que tuvo que atender a los periodistas de una televisión local. El otro momento memorable tuvo lugar en un escenario efímero en el que un cubano estaba recitando sus poemas, con una entonación a medio camino entre el Romancero Gitano de Lorca y una canción de Hip-Hop. El Pastís salía bien parado en las reseñas gastronómicas. Yo me suelo creer bastante las críticas, sobre todo si las firma Pedro Zapater. Así que esperamos con paciencia nuestro turno de comida. El maitre molón nos sentó en una pequeña mesa para dos comensales que lindaba con otras dos de idénticas dimensiones, separadas a escasos cinco centímetros. La proximidad con nuestros vecinos y la solidaridad innata de quien hace cola juntos hizo que entablásemos conversación con una pareja de señores encantadores. Se trataba de unos jubilados que hablanban con la rítmica de los tanguistas porteños. Hablamos de la Argentina y de España, pero sobre todo dimos un repaso al cine de los dos países. Es que estábamos ante profesionales, auténticos profesionales. El señor que se comía una ensalada sofisticada y que las nieves del tiempo platearon su sien resultó ser el productor de las películas de Parchís. Hoy ya se ha retirado de la industria audiovisual. En el Pastís aprendí que un restaurante de moda te puede dejar buen sabor de boca, indepedientemente de la comida que sirvan. |