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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.
Nunca he tenido un Alter Ego. El otro día me crearon uno que me hizo bastante gracia. Unos amigos graciosetes pasaron mi número de teléfonoa la persona encargada de la selección de actores de la Cabalgata de Reyes de Zaragoza. Le dijeron que era el móvil de Iker Echeverría Capistros. Escribieron el esbozo de un curriculum, un tipo versado en el teatro amateur del País Vasco que quería mudarse a este lado del Ebro para proseguir su vida escénica. Había participado en la inauguración del Guggenheim y en varias obras. Me hubiese hecho ilusión que hubiese sido en alguna de Chejov, aunque creo que no está al alcance de los aficionados. Me llamaron por teléfono y preguntaron por Iker Echeverría. Rospondí que se habían equivocado, pero el número coincidía con mi móvil. Un par de minutos de conversación sirvió para que nos diésemos cuenta de la broma que nos habían gastado. Es una pena que la noche de Reyes no tenga tiempo para participar en la cabalgata. Me gustaba mi Alter Ego con nombre de portero del Athletic. Busqué información en Internet a ver si existía. Quería comprobar si había alguien con ese nombre. No encontré fotografías, ni siquiera un Iker Echeverría Capistros. Me tuve que conformar con un Iker Echeverría que se quedó noveno en un campeonato de España de Bola 9, la modalidad que practicaba Paul Newman en El Buscavidas. Animado indagué en los nombres de los personajes del relato que estoy escribiendo. La protagonista, Laura Morrison, es en la realidad una especialista en la pesca de un pez autóctono de los Grandes Lagos estadounidenses y el chico, Jorge Faus, es el Road Manager de una compañía de Flamenco Valenciana. Parece mentira que los personajes inventados con tinta tengan un "otro yo" de carne y hueso #La imagen corresponde a un fotograma de El Buscavidas. Paul Newman interpretaba a un tipo llamado Eddie Felson. Las maletas Samsonite tienen fama de ser duras como el mármol de Paros, de tener el alma de piedra y la carcasa de platino iridiado. He sido capaz de cargarme una en menos de dieciocho meses. El año pasado compramos una Samsonite en Nueva York. Fuimos poseídos por el fantasma del consumismo y necesitamos otra maleta para transportar las nuevas adquisiciones de ese lado del Atlántico. Encontramos una pequeña tienda, cercana a Grand Central Station, regentada por dos hermanos paquistaníes. Fue el día que comenzaba la Asamblea General de la ONU. Al mismo tiempo que pagábamos por nuestra Samsonite negra, Chávez pronunciaba su discurso del azufre. No sé que tipo de maletas comprarán los jefes de estado. Los vendedores asiáticos nos aseguraron que la maleta tenía una garantía universal de diez años, que allá donde fuésemos habría un reparador de maletas dispuesto a arreglar una combinación desvencijada. ajustar un cierre o cambiar unas ruedas como en un box de Fórmula Uno. Cualquier problema que tuviésemos sería resuelto por personal cualificado. Me cargué una rueda. La maleta se había quedado coja. Se había convertido en un trípode no apto para el viaje. Yo que no soy nada práctico estaba decidido a concederle la incapacidad y un retiro forzoso en la oscuridad del cuarto trastero. Silvia es más práctica sabía donde teníamos la garantía. Helen es una tienda de bolsos y maletas que tiene en exclusiva el servicio oficial de Samsonite en Zaragoza. Una mujer atendía a una pareja que estaba comprando un juego de spinners (maletas de cuatro ruedas) para regalar estas navidades. Salió de la tratienda un señor mayor de los que parece que llevan toda la vida vendiendo Samsonites, incluso antes de que existiesen. Le explicamos nuestra compra neoyorquina y nos contestó como un médico que tiene que anunciar los pocos meses de vida que le quedan a un paciente. Medía sus palabras con el metro de la correción. Nos dijo que era perito de compañías aéreas desde hace cuarenta años. Sobre todo arreglaba Samsonites europeas que se fabrican en Bélgica, las americanas son otro cantar, otras medidas, otros estándares, otros componentes. Nos invitó a que le trajésemos la maleta para ver que podía hacer con ella. Nos hizo pasar a la trastienda que era una auténtica sala de autopsias de Samsonite. En una esquina se apilaban viejas maletas a las que se le salían los kilómetros por las tripas. El hombre, muy amable, nos enseñó por lo menos once clases de ruedas, con cojinetes, sin cojinetes, negras, de plástico, grises con remaches delanteros, con remaches traseros. Los cajones de madera donde guardaba los recambios producía el magnetismo del viejo comercio que se extinguió hace años. Cogía cada una de las piezas con un cariño que parecía que fuesen de porcelana. Salimos de la trastienda. La mujer estaba ultimando la venta de los Spinner. Silvia le comentó al Señor delas maletas que los spinner eran menos duraderos que los trolleys de dos ruedas. Yo notaba como la pareja y la vendedora hacían oído. Si nos hubiésmos quedado más tiempo creo que no hubiesen comprado las maletas. La maleta ya está en pleno funcionamiento. El padre de Silvia no es reparador oficial pero de talleres y soluciones imaginativas sabe bastante. El señor de las maletas también hubiese arreglado nuestra Samsonite, aunque me temo que nuestra garantía tenía el mismo valor que la Asamblea General de la ONU. |