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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2007.
Después de comer me he tumbado en el sofá con la intención de echar la siesta. Quería cerrar los ojos y apoyar la cabeza en un cojín de motivos versallescos, pero primero he puesto en la televisión un documental de viajes y me he acordado de Sara. Esperaba encontrar una entonación pausada. Una voz de anestesista zurdo que fuese capaz de dormirme antes de pronunciar una palabra esdrújula. Los narradores de documentales ejercen sobre mí el mismo influjo que los encantadores de serpientes sobre las pitones y las boas constrictor. En la pantalla aparecían imágenes de Trieste y me he acordado de Sara. Hace tiempo que lo nuestro ha terminado, tanto que había olvidado que la había olvidado. Ver al presentador entar en un café centenario de aroma austriaco y comerse una tarta Sacher ha sido suficiente para volver a pensar en nuestro tormentoso viaje a Trieste. Un despropósito, un desencuentro de dos cerillas que se apagaban en el desierto. Cuando cogimos el avión de ida ambos sabíamos que estábamos viviendo el epílogo de una segunda parte que hacía bueno el refrán. Toda la planificación de las vacaciones fue una mierda. Ella quería ir a San Petesbugo y yo a Casablanca para tomar un cortado en el Rick´s Café Americain. Ninguno de los dos estábamos dispuestos a ceder "qué si en San Petesburgo hace mucho frío", "qué si en Casablanca hace mucho calor". Lo que no sabíamos es que en Trieste hacía mucho viento, viento que no era otra cosa que la premonición de lo que nos iba a suceder. Como ninguno de los cedíamos tuvimos que optar por una decisión salomónica. Cogimos un Atlas con el lomo pelado. Un viejo volumen de geografía desfasada en el que todavía existía Yugoslavia y Hong Kong era británico. Trazamos una línea con un boli Bic que uniese los canales decadentes de San Petesburgo y la Casablanca inexistente. En la mitad estaba Trieste. Lo único que conocía de la ciudad era que le habíamos ganado la Expo y que lo celebramos como un nuevo gol de Nayim. En este viaje ,por el contrario, íbamos a perder sin necesidad de llegar a la prórroga. Todo salió mal. Recuerdo cuando ya no nos hablábamos y fui solo hasta la casa donde había vivido Joyce. Bajo las ventanas de su estudio me prometí volver a intentar leer el Ulises por tercera vez, a la tercera va la vencida. Todavía no lo he acabado. La última noche de nuestra estancia hicimos una tregua en nuestro silencio. Nos dimos una última tarta Sacher para terminar con buen sabor de boca nuestra relación. El amor no es más que un par de tartas Sacher al anochecer, elegante por fuera y empalagoso por dentro. Follamos toda la noche pero al día siguiente viajamos en asientos separados del avión. En lo único que pensaba era en el culo de la azafata de Alitalia. No pude dormir la siesta, tuve que ir a Portadores de Sueños a buscar una nueva traducción del Ulises y luego a Ascaso a comprarme una porción de tarta Sacher. #La imagen corresponde a Joyce imitando a Mauricio Aznar Hoy por la mañana he visto un afilador en la Calle Tarragona. Iba tocando su flauta de Pan y arrastrando una bicicleta en la que había instalado la piedra de afilar. Junto a él unos chicos que todavía no se habían acostado llevaban puestas unos pasamontañas de Spiderman, parecía que me había despertado en Zaragotham. El viernes por la noche me puse a ver "Muerte en Venecia" de Visconti. Me quedé dormido a los once minutos, cuando no se había pronunciado aún una sola palabra. Lo más conmovedor de la película es la triste historia de Bjorn Andressen, el adolescente que interpreta a Tadzio. No pudo resistir el que lo erigieran en icono de la belleza decadente y mórbida de la novela de Mann. Se convirtió en un juguete roto, en un viejo prematuro. Me quedé dormido en mi sofa. El último plano que vi fue el de un barco que entraba en la bahía de Venecia y Dick Bogarde ponía cara de músico que esconde bajo sus notas un alma atormentadamente sucia. No sé la razón, pero me acorde del barco que se llamaba Zaragoza. En abril me encontré con el pecio hundido, en aguas cercanas a las Islas Cook, de un barco llamado Zaragoza. Me he vuelto a topar con otro barco de ficción que lleva por nombre la ciudad. Darse de bruces con una nave desaparecida tiene algo de experiencia del Holandés Errante. Abrir una botella de Ron sepultada por el polvo y la arena. Hasta ahora lo más parecido a robar una de las quince botellas del "Cofre del Muerto" había sido beber ron de más de 70 años, tenía las etiquetas de impuestos de la II República. Jugando a piratas paleolicoristas probé, hace unos años, un Ron tan viejo que estaba escrito con "m", Rom la Almozara. Fabricado con materia prima de las azucareras zaragozanas instaladas tras lo del 98 (no me gusta lo de desastre). La botella de medio litro mostraba a un negrito con camisa blanca y dientes perfectos . Compramos la botella en la tienda de vinos y licores de San Vicente de Paúl, no la tienda de licores de diseño que organiza catas de primeras vendimias de Burdeos, sino la vieja tienda de vinos a granel que conservaba el aroma a moho y bodega atemporal. Un mes antes de cerrar, el propietario decidió desprenderse de todo el género que tenía en su almacén. Sacó botellas, cubiertas de ácaros borrachos, en las que era difícil averiguar el contenido que albergaban. El sabor no era a ron, era otra cosa que el tiempo había convertido en un líquido rancio, pero que servía para tener un garfio imaginario y un parche de cuero negruzco sobre el ojo izquierdo. Ayer buceando de nuevo por Internet otro barco Zaragoza emergió de las aguas. Esta vez el Carguero Saragossa. Un barco que aparece en la novela "Dead Man Shoes" de Leo Bruce. Un barco en el que se comete un asesinato. El libro se publicó en 1958 y se trataba de un nuevo caso que resolvía Corolus Deene, un profesor con dotes detectivescas. Quizá en los barcos de energía solar de la Expo, los "Ebroporettos" se cometa algún crimen, pero no me imagino a nigún profesor de instituto resolviéndolos. #La imagen coresponde a las oficinas de la Compañía Naviera Cunard en Trondheim Coincidiendo con el ciclo de Flamenco en Zaragoza me he encontrado con está canción belga escrita en flamenco. Mis conocimientos lingüísticos no son gran cosa, así que no nos queda otra que imaginarnos el significado. SARAGOSSA Tras el hallazgo del tributo flamenco a Zaragoza he hallado esta canción de Rex Gildo, un cantante alemán nacido en Munich a las puertas de la II Guerra Mundial y fallecido en 1999. La Canción Saragossa da nombre al album que publicó en 1979. El tipo debió ser uno de los máximos exponentes de la música ligera alemana. Cómo llegaría a la ciudad es un misterio, Zaragoza estaba alejada de los destinos turísticos de la Costa en los años 70. La canción nos cuenta una historia de amor entre un alemán y una zaragozana. La letra, como no podía ser de otra forma, es tan empalagosa que no es apta para diabéticos. Una Zaragoza donde el verano inunda los corazones. Las naranjas florecen por las calles y el amor es tan dulce como el vino, se entiende que el Cariñena. Saragossa #La imagen corresponde a la popular Oktober Fest, donde se habrán cantado varias veces las canciones de Rex Gildo. Ayer el viento lo sobredimensionaba todo. El camino de regreso a casa era mucho más largo que cualquier otro día. Un guardia de tráfico tenía que sujetarse la gorra de plato con una mano mientras con la otra regulaba el ir y venir de los coches. Las picarazas que sobrevuelan el Teatro Romano se quedaban quietas sobre los alféizares de los edificios de la Calle San Jorge por miedo a convertirse en cometas. Ante ese panorama decidí quedarme a comer por el Centro. Como en Mayo iré a extremo Oriente acabé entrando en el Restaurante Chino que está enfrente de la Audiencia. Desde la mesa que ocupaba se podía ver a uno de los gigantes de piedra que custodia, con un garrote en la mano, la entrada del palacio Renacentista. En concreto se trataba de Hércules, el de la derecha. Teseo es el que ocupa el flanco izquierdo. Curiosamente veía através de la ventana del Restaurante uno de esos típicos farolillos rojos de papel que el viento zarandeaba con violencia. Desde mi perspectiva parecía que el Hércules pétreo golpeaba el farol como si fuese una piñata que intentase romper para comerse lo que hubiese en su interior. Tras pedir la comida me puse a leer sobre la mesa "Las memorias de ultratumba" de Chateaubriand. Las últimas semanas han caído en mis manos varios textos autobiográficos. Uno de ellos era de Perec, una especie de proyecto inacabado. Un proyecto a largo plazo desarrollado durante doce años. Cada año Perec pretendía acudir a doce lugares de París, uno cada mes. Estando allí los describiría y asociaría un pensamiento o un hecho significativo de su vida. Una vez escrito lo metería en un sobre y lo sellaría con lacre. No volvería a leerlo hasta que se cumplisesen los doce años. Cuando se acabase el plazo se podría apreciar el envejecimiento físico de París y el del propio Perec. Como habría ido variando su forma de pensar y su capacidad cognitiva. Llevo varios días pensando que doce lugares de Zaragoza elegiría si tuviese que llevar a cabo un proyecto similar. Otro texto autobiográfico que me parece soberbio es el de Diéguez. Es mucho más significativo que el que puede aparecer en las solapas de un libro teniendo su misma extensión. Todos los libros deberían tener una reseña biográfica como esta. De Chateaubriand llevo pocos capítulos, pero ya aparecen detalles que mi carácter impresionable tardará en olvidar. Para muestra la descripción que hace de su padre y de su madre. De su padre "Avaro en la esperanza de devolver a su familia su primer lustre, altivo con los nobles, duro con los vasallos, taciturno, despótico y amenazador en el hogar, lo único qu inspiraba su presencia era temor". De su madre "era morena, pequeña y fea". De su madre cita luego algún aspecto positivo, pero nunca había visto a nadie que diga que su madre era fea. Por la tarde el viento no había amainado, pero no importaba tanto porque fui con mi familia al teatro a ver "El Túnel" con Héctor Alterio. Cuando nos sentamos, mi hermana que pensaba que se había olvidado las gafas dijo que sólo faltaba que se sentase delante de ella Romay, al minuto apareció Matías Lescano por nuestra fila. Pasó de largo para sentarse en un palco aledaño. Mi hermana pudo ver la gran interpretación de los cuatro actores sin que un escolta de la LEB le tapase el escenario. Para el protagonista de la obra la vida es como un túnel. Un túnel autobiográfico desde el que se escucha el paso del viento #La imagen corresponde a Hércules estrangulando al león de Nemea ¡Guárdate de los Idus de Marzo! Ya me lo advirtió un augur que había destripado una paloma de la plaza del Pilar ¡Guárdate de los Idus! Cómo pasan los días. Esta semana no he tenido tiempo para nada. Me hubiese gustado hablar de la entrevista a Arbeloa en el Heraldo, en la que se podía ver el vestuario de Anfield desprovisto de cualquier comodidad. Me recordaba al vestuario de los Knicks, en el que tíos que ganan quince millones de dólares se cambian las zapatillas de números estratosféricos en una taquillas desvencijadas de madera. Los vestuarios de la Granja, "The farm Arena", donde nos cambiamos los días que jugamos a lo de la canasta y las faltas personales, tienen muchos más lujos que Anfield y el Madison juntos !Guárdate de los Idus de Marzo! Antes de escribir he estado viendo las imágenes del viaje que hicimos Silvia y yo a Roma. No nos hicimos ninguna foto en la piazza Farnese, pero es el recuerdo más vivo que tengo tres años después. Una terraza, un machiatto. Unos ojos verdes. El sol de la primera hora de la tarde que calentaba las sillas de metal, mientras unos vendedores callejeros recogían su mercancia de berenjenas y radiccio. El calor difuminaba las fuentes que habían sido unas bañeras de las Termas de Caracalla y un aire de atemporalidad se escapaba de las ventanas abiertas de un palacio renacentista. No hay fotos tampoco de los augures que te advierten de los peligros, pero recuerda ¡Guárdate de los idus, tú que puedes! #La imagen corresponde al Palazzo Farnese CK Wilde es un artista que desarrolla una serie de collages con biletes de todo el mundo. La relación entre arte y dinero es un aspecto polémico que subyace en la obra de Wilde. El dinero se convierte en objeto artístico y el arte es dinero. Una vez que ha confeccionado la imagen monetaria le aplica un tratamiento con cera para conservar su trabajo, para convertir el billete en algo tan duradero como la moneda. Goya ha influido mucho a este artista que vende sus trabajos en la Pavel Zoubok Gallery de la calle 23 en Manhattan. Los Caprichos, Los desatres de guerra y las Pinturas negras han inspirado varios de sus trabajos. La imagen corresponde a la reinterpretación de "Contra el bien general" de la serie de los Desastres de la guerra. Con el tema del casamiento no tengo tiempo de nada. Los días parecen que tienen diecinueve horas y encima el cambio de horario veraniego nos escatima una más. Todo se mueve a una velocidad difícil de controlar. La actualidad se ha convertido en un murmullo lejano que se lleva el frío primaveral. Estos días, en los pocos descansos que he tenido, he estado reflexionando sobre dos anécdotas relacionadas con el pasado, la memoria y el olvido. La primera es una pincelada sacada de un libro de Julian Barnes. El escritor inglés cuenta el incendió que Huxley sufrió en su casa de Hollywood. En 1961 el fuego comenzó a devorar su hogar, las llamas destruían sus pertenencias. Tuvo tiempo para llevarse cosas de su casa y de todo lo que pudo salvar sólo se llevó un violín de su mujer y el manuscrito en el que estaba trabajando. Lo demás le daba igual. Los libros que había leído se convirtieron en cenizas que crepitaban en el interior del fuego. Las posesiones que había logrado acumular a lo largo de toda su vida se esfumaron como si lo hubiesen abandonado por otro coleccionista, pero a él le era indiferente haberse quedado sin recuerdos. Se autodenominaba el hombre sin pasado. La segunda anécdota está relacionada con el trabajo de Silvia. Un niño se pegó un golpe brutal en la cabeza jugando al baloncesto. El traumatismo fue tan fuerte que perdió la memoria casi por completo. Todos los datos que percibía se le olvidaban a los tres minutos. Era incapaz de retener nombres, la presencia de sus familiares asustados o la razón que lo había llevado al hospital. De lo único que se acordaba con nitidez era que tanto él como su padre eran hinchas del Athletic de Bilbao. Se pueden hacer muchos chistes de bilbaínos, qué si nacen donde qieren, qué si el mapamundi de Bilbao, qué si las setas y los Rolex; pero se le llenaba la boca del sabor de la victoria cada tres minutos, cuando demostraba que era del Athletic. Ese era su único pasado. El chico recuperó la memoria tras unas horas y por supuesto recobró su pasado. Me gusta mi presente y me gusta mi pasado, no podría vivir con un violín y las cenizas de mis cosas. #La imagen corresponde a los daños que causó un incendio en el faro de Wilsons promontory en 1951, diez años antes que el incendio de la casa de Huxley Lo único que conservé de mi relación con Elsa fue su libro de recetas imposibles, que había heredado de su abuela y esta a su vez de su abuela. Se lo dejó olvidado en el cajón de la mesilla de mi dormitorio. Cuando nuestra historia llegó a su fin, me pidió que se lo devolviese. Le mentí y le dije que no lo tenía. Le convencí para que pensase que estaría oculto en su casa, lo más probable traspapelado o bien bajo algún montón de libros. Lo único que quería era hacerle daño, resarcirme de los meses que me había hecho perder, de las ilusiones que se habían diluido como una escultura de hielo en los Monegros o como el humo de pipa de una tribu india. Me quedé el recetario con intención de bajarlo a la basura en una noche de verano, una de esas noches en las que se reflejan las lágrimas de San lorenzo en los escaparates de los comercios cerrados por vacaciones. Hace pocos días pensé en romperlo en pedazos, eran las once de la noche y acababa de volver del cine. La película había sido tan aburrida que me había puesto a pensar en Elsa, en su pelo liso y en sus muslos de plata. Era el momento adecuado para desembarazarme del libro de recetas. Le hice una última concesión a la nostalgia y comencé a hojear su contenido. Me sorprendió la primera página que llevaba por título "Recetas para no ser realizadas bajo ningún concepto". Seguí leyendo la segunda página en la que se comentaba el modo de preparación de un plato de cordero bizco guisado con agua del Ebro y unas hierbas recogidas con el rocío de la mañana. Decidí indultar el libro un día más. La noche siguiente leería otra receta con el delantal puesto y si por casualidad era capaz de cocinarla destruiría el libro y lo llevaría al contenedor de papel para reciclar; si por el contrario no lo lograba lo intentaría al día siguiente y así sucesivamente. Al levantarme me acerqué a Montal con el propósito de comprar todos los ingredientes que pensaba que podía utilizar por las noches de ese verano. Me fui con unas bolsas llenas de especias de nombres impronunciables, de verduras de todas las tonalidades de verdes y de salsas creadas por los cocineros más caprichosos, de esos que tienen gorros de más de treinta centímetros de alto. Cuando volvía a casa me encontré a Elsa, pasé muy cerca suyo pero agaché la cabeza y evité saludarla. Por la noche, bajo la iluminación anémica del tubo fluorescente de mi cocina, leí una receta de trucha pescada en Jueves Santo con eneldo frito y piñones de una piña abierta nada más caer. Rompí el libro y tuve que hacerme un sandwich. No tengo palabra ni en los cuentos Hacía muchos años que no dejaba escapar una lágrima con una obra de ficción. No soy una persona que se emocione con facilidad con los finales amargos provocados por una tuberculosis o por los amores rotos al atardecer. Conforme se acercaba el final de Historias de Pekín de David Kidd la tristeza parecía invadir todos los lugares en los que estaba. La descripción que Kidd hace de China, como testigo privilegiado de un universo que se extinguía como un incendio al que le falta oxígeno, está llena de una nostalgia pegadiza. La tristeza se cimentaba en la pérdida de un mundo. En la lucha por seguir viviendo, pese a saber que sus días estaban contados, en una sociedad que se desangraba . Tuve que irme de una cafetería cuando me faltaban quince páginas para acabar el libro. No quería que una lágrima callese al café que me tomaba en la barra. La música era triste. Las conversaciones, que se ahogaban con el vapor de la cafetera, sonaban tan melancólicas como un fado en una mañana de lluvia. LLegué a casa y terminé el libro. Hice bien en marcharme de la cafetería. A la media hora me puse a hacer la comida, unas alcachofas, mientras hervían recordé las otras tres ocasiones en que había llorado por obras de ficción La primera vez que lloré fueron unas navidades con ¡Qué bello es vivir! El malvado Potter, actuando como sólo los constructores profesionales saben hacer, había convertido Bedford Falls en Potterville y James Stewart estaba viviendo la peor pesadilla que se podía imaginar observando a su mujer convertida en una bibliotecaria solterona. La segunda fue la traición del cerdo Napoleón en Rebelión en la granja. Pobre caballo Boxer. Todos los animales son iguales, pero unos lo son más que otros. La tercera fue una canción argentina interpretada por Mauricio Aznar en la Biblioteca de Aragón. Iba sobre un hombre entrado en años que muere y sus hijos con el tema de la herencia destruyen todo lo que él había soñado. Las cuerdas de la guitarra de Mauricio me desgarraban con cada acorde, todavía recuerdo su voz teñida de decepción Las tres se remontaban a la época en la que era un adolescente con las hormonas como el Etna, quizá me hago mayor y me pasa lo mismo. #La imagen pertenece a dos Ricksaws, que tanto aparecen en la obra de Kidd |