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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.
El sábado a las cuatro de la tarde, después de haberme quedado dormido viendo la remontada del ManU en Goodison Park, comenzó a desplegarse una cortina de agua sobre Zaragoza que parecía iba a inundar la plaza Roma. Tenía que ir a trabajar bajo todos los litros por metro cuadrado que caían con violencia prosaica sobre los coches aparcados. Comencé mi camino con un paraguas que me daba la impresión de ser un machete en los manglares. Descerrajaba golpes con su filo a la maleza que le impedía el paso. A los doscientos metros estaba calado. Tuve que detenerme unos minutos en un portal con unos niños gambianos que cada pocos segundos salían de su refugio para disfrutar del agua sobre su cabeza mientras se reían y daban saltos. Iba a legar tarde al trabajo, así que cogí el autobús. No suelo montar en los autobuses., las horas punta me ponen triste. La gente que subimos al 22 en la Calle Santander teníamos las perneras del pantalón mojadas y la punta de los paraguas dejaban escapar gotas de agua, parecía que se estaban licuando. La sensación de unos calcetines húmedos es desconsoladora. Las grandes ventanas del 22 sólo dejaban ver a la gente esperando bajo los salientes de los edificios. En la parada en la que se suelen bajar los funcionarios que trabajan en el Gobierno de Aragón se montó una mujer de cincuenta y pocos años con el pelo apelmazado por la lluvia. Utilizó su tarjeta-bus y en voz alta nos comunicó al resto de pasajeros que tenía algo muy importante que decirnos. Comenzó a leer textos de la Biblia. Por la situación hubiese sido divertido que hubiese mencionado a Noé y su Arca en el diluvio universal. La mujer terminó con una cita del Apocalipsis y a los tres segundos retumbó un trueno. Los pasajeros nos miramos un poco incómodos deseando que acabase. Una señora mayor agarraba el paraguas y daba toda la pinta de que le estaban dando ganas de aporrearle con el mango. Leer de pie, en voz, alta en un autobús debe ser complicado. En Metro seguro que es más fácil; menos mal que en el tranvía será igual de complicado lazar spam trascendentalista Trastoqué mis planes habituales de uso y disfrute de los regionales- express de Renfe para probar en carne mortal las nuevas instalaciones del Estación Intermodal de Zaragoza. El viaje fue un continuo traqueteo salpicado de camiones que ralentizaban el paso tristón del autobús de pasajeros. Me pasé todo el viaje mirando las matrículas de los coches que nos adelantaban e intentando descifrar la dedicatoria de "En el remolino" de J.A Labordeta que el propio cantautor había plasmado en la segunda hoja del ejemplar que encargué en Portadores de sueños. La primera impresión que se tiene al entrar por carretera en la nueva estación es que ha sido bombardeada o que se ha descubierto un nuevo arrabal de época almohade. Parece casi inimaginable que entre las obras de los accesos serpentée una carreterita que conduzca a las dársenas deshabitas. Las dársenas parecen una macrodiscoteca un lunes por la tarde. Las pocas empresas que se han trasladado de momento a la estación tienen un volumen de trayectos propios a las de las grandes compañías de Groenlandia. Un autobús con cuatro pasajeros en medio de una superficie gigantesca con los techos tan altos como el K2 en una tarde de invierno. Al descender al andén una muchacha vestida como las azafatas del Corte Inglés hacía un croquis verbal indicando el camino que se debía tomar para salir al exterior. Primero a la derecha, luego a la izquierda. Después una pequeña rampa y luego cruzar la puerta. Las indicaciones me permitieron salir a un lateral de la Estación, pero sólo era útil si se quería coger una lanzadera. Si se optaba por salir andando, la cosa se complicaba. Los accesos peatonales estaban sin acabar. Así que a jugarse la integridad física y a desplazarse por la vía reservada para las lanzaderas. Cuánto me gustaría que se pudiese venir a Zaragoza en globo #La imagen corresponde a un autobús holandés de una época en la que las estciones eran tan confortables como nuestra Intermodal Ayer voté por correo. Es una experiencia descafeinada comparada con la del voto presencial. No había interventores ni apoderados que estuviesen mandandando postales. El día 27 estaré en Pekín y me venía un poco mal venir a depositar el voto, además este año la campaña está resultando de un soso que parece diseñada por José Angel de la Casa. No sólo me voy a perder los resultados electorales, sino que no viviré el final de liga del real Zaragoza y el ascenso del CAI; y es que me hubiese gustado ver los partidos de principio de junio por correo. Haber ido a la oficina de la calle Anselmo Clavé que contempla las obras de demolición de la estación del Portillo y haber experimentado esa sensación entre nervios y excitación de los triples de Crispin y los regates de Diego Milito. No le hubiese dicho el resultado a nadie para no quitar la emoción. Los viviré vía sms desde Asia. el CAI en China y la clasificación de la UEFA en Tokio. Más bonito que los derechos democráticos fue el regalo que me hicieron mis compañeros de trabajo, una Leica IIIa fabricada entre 1935 y 1940. Muy parecida a la de Robert Capa y la de Cartier-Bresson. Muchas gracias, compañeros. También quiero agradecer al Periódico de Aragón que publica una reseña sobre este blog. #La imagen corresponde a una Leica IIIa |