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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2007.
Para no dilatar mucho los plazos ya llega un nuevo relatillo. Se trata del último fragmento que he pasado al ordenador de un relato mucho mayor. Muchísimo mayor. Los días siguientes fueron más de lo mismo. Trabajo. Casa, Backgammon y documentales de animales. Charlas con Dimitri con un café de baja calidad que se podría definir mejor como achicoria. Más casa, Más trabajo y más documentales de animales. Por lo menos, había dejado de beber Brandy. No había probado una gota de alcohol en los últimos cuatro días. El quinto era un jueves. La espiral rutinaria que era mi vida se quebró como una masa de hojaldre seco. Estaba en el trabajo pensando en los dos años en los que había estado viviendo con Sonia. Recordaba la tarde en la que me di cuenta de que lo nuestro no iba a funcionar. Eso fue la segunda vez que nos veíamos a escondidas en el taller de su padre. Hacíamos el amor dentro de una escultura metálica que acababa de vender a un Museo suizo. Sonia llevaba una pulsera de plata que hacía un ruido deshumanizado al golpearse con la superficie de zinc en la que estaba construida la obra no figurativa. Recuerdo que cuando me corrí, parte del semen cayó sobre la escultura, así que mi ADN debe estar expuesto en una sala del Instituto de Arte Contemporáneo de Lausana. Eso va a ser lo más cercano que voy a estar de exponer en un Museo. Espero que los conservadores helvéticos no tengan nunca que restaurar la pieza de Ismael Gutiérrez. Al limpiar los restos físicos de la pasión sobre la superficie metálica supe que no teníamos futuro. Cuando lo dejamos dos años después, Sonia me confesó que también sabía que lo nuestro iba a ser como una escultura de hielo que se derretiría a los pocos rayos de sol. Como siempre me había ganado. Lo sabía desde el día que su padre nos presentó “Aquí mi hija. Aquí el joven Sr Faus, mi sucesor artístico…” Estos últimos días han estado inbuidos de varios aspectos eclesiásticos que me han mantenido entretenido más tiempo del que esperaba. Hace un par de semanas que leí El quinto en discordia de Robertson Davies, en la novela hay un personaje fascinante que es un jesuita navarro llamado Ignacio Blazón. Me recuerda muchísimo a Settembrini de la Montaña Mágica. Me sorprende que haya un personaje de Pamplona en una de las mejores novelas canadienses del S. XX. Al terminar el libro me hice miembro de un foro de discusión de literatura canadiense, pero no mencionan a Robertson Davies. A veces uno se sorprende de las simpatías que generan ciertos personajes,a mí que ni siquiera me caía bien Don Camilo. Será que me hago mayor En otro libro que ando leyendo, La Historia del Mundo en seis tragos de Tom Standage, se analizan las diferentes civilizaciones a través de la bebida que las identifica. Para la sociedad contemporánea y la hegemonía estadounidense se utiliza la Coca-Cola. El creador de la chispa de la vida John Pemberton no hizo más que añadir cola al Vin Mariani. El vin Mariani no era otra cosa que un vino francés en el que se habían macerado hojas de coca durante seis meses. Tuvo un gran éxito comercial por dos razones, el elevado contenido de cocaína, 6 gramos por onza, y el Marketing que impulsó su creador el corso Angelo Mariani. Mariani empleó el apoyo explícito de varios personajes públicos, entre ellos el Papa León XIII que incluso aparecía en la etiqueta comercial del Vin Mariani. No me imagino a Ratzinger posando para Trinaté. Por último, descubro tras quedarme dormido después de comer que la etimología de la palabra siesta proviene de la Regla de San Benito que mandaba descansar a la hora Sexta (entre las doce del mediodía y las tres de la tarde) después de haber pasado por el refectorio. Lo mejor que ha hecho la iglesia por la humanidad. #La imagen corresponde a la campaña publicitaria de León XIII para el Vin Mariani Nadie optimiza tan bien el espacio de los restaurantes como los franceses. La cacapacidad de acumular sillas y mesas en superficies reducidas es todo un arte que parece desafiar las leyes de la logística. Al principio me disgustaba este horror vacui, lo consideraba una invasión de la intimidad. Me molestaba el ruido de las cucharas soperas, las risas subidas de tono o los comentarios sobre los postres. Sin embargo he aprendido a valorar el encanto de las distancias cortas con desconocidos, sobre todo si son buenos conversadores. Me pasó en Nueva York donde comiendo en el Pastis conocí al productor de las películas de Parchís y me ha vuelto a pasar esta semana en París. Julio Ferrer es la persona que conozco que mejor se desenvuelve por París. Pocos días antes de marcharme me dio unas recomendaciones gastronómicas, entre ellas se encontraba el Chartier. Un restaurante cercano a los grandes bulevares proyectados por Haussmann y que guardan el ambiente del París de los años treinta. El salón estaba lleno a rebosar como aparece en una escena de Largo domingo de Noviazgo. El despliegue de mesas domina toda la superficie del restaurante, todos los recovecos aprovechables. Además las mesas son de cuatro comensales con lo que nos sentaron a Silvia y a mí con una pareja que rondaba los cincuenta, a la que saludamos en francés y les deseamos una buena comida. Nos pusimos a lo nuestro, a decidir qué comer y qué beber. La pareja nos escuchó hablar en español y nos preguntó con acento estadounidense de dónde éramos. Comenzó una conversación fluida entre los cuatro. Resultó ser un matrimonio encantador que vivía al norte del Estado de California. Ambos trabajaban en el mundo del derecho ambiental, sobre todo en temas de agua. Ella era abogada de una ONG y él era Catedrático de Derecho de la Universidad del Pacífico. Hablaban español perfectamente, casi mejor que nosotros, habían estado viviendo un año en Oaxaca. Eran una pareja atípica, vivían en la parte montañosa de California, Nos enseñaron unas fotos, almacenadas en la memoria de una PDA, en las que la nieve cubría la entrada de su casa, de su casa principal. Cuando se habla de California uno se imagina playas vigiladas y chicas rubias patinando con protectores. Él daba sus clases a trescientos y pico kilómetros,en Sacramento ,y durante su período lectivo vivía en una caravana. No me imagino a ningún catedrático de Derecho de la Universidad de Zaragoza durmiendo en una caravana estacionada en un jardín, con la exigüidad de una casa rodante en la que no deben caber ni tres tomos del Aranzadi . Me gustaba la forma que tenían de ver la vida. Se empeñaron en invitarnos a comer. Aceptamos con la condición de devolverles la invitación otra noche. Quedamos con ellos dos días más tarde bajo la Noria de la Place Concorde, nos recordaba vagamente a Tu y yo (An affair to remenber) , así que miramos al cruzar. Decidimos ir a comer Soufflés. No hay demasiados restaurantes que lo incluyan en su carta. Es un plato decadente que tiene el encanto de lo que se pasó de moda. Un soufflé es como las estatuas de los regímenes derrocados, se vienen abajo con poco esfuerzo. Si más americanos fuesen como ellos y más catedráticos de aquí viviesen en caravanas, nos reiríamos más y comeríamos más soufflés #La imagen corresponde a un cuadro de pintado por Paul Lauritz en 1920, que se parece mucho a la vista que tenían desde su casa en California La semana pasada Silvia estuvo varios días en un congreso sobre obesidad.El VIII Congreso Nacional de la Sociedad Española para el estudio de la Obesidad. A los asistentes se les regalaba una litografía de Pepe Cerdá. Ya estoy buscando ubicación en alguna de mis paredes. También le regalaron un podómetro que no debo utilizar de manera correcta. Me dice que de casa al trabajo ando cuatro kilómetros, lo que supondría una caminata de diéciseis kilómetros diarios. Con lo que está creciendo Zaragoza puede que algún día si que tenga esa distancia. El crecimiento urbanístico de la ciudad me recuerda a Alaska. Alaska tiene una población de 650 mil habitantes, más o menos como Zaragoza, y una extensión de un millón setecientos mil kilómetros. Las nuevas zonas deshabitadas, sin continuidad con lo edificado y con una temperatura más baja que Zaragoza histórica me hacen pensar en la "alaskización". Las calles se muestran vacías, ficticias como si fuesen de cartón piedra, pero no por ello son peores. El congreso de obesidad, como todos los congresos acababa con una cena de clausura denominada "cena de gala". Tuvo lugar en el Cachirulo, como era de gala costaba diferenciar a los asistentes al congreso de los invitados a una boda que se celebraba en uno de los salones superiores. Pensaba que en un congreso en el que se aborda el tema de la salud y el peso me iba a quedar con hambre, pero ocurrió todo lo contrario. Sacaron cuatro platos y postre doble. Por supuesto el ternasco fue el colofón pantagruélico del banquete con médicos y dietistas, que entre bocado y bocado me explicaban con todo luo de detalles una ponencia que había causado furor. La ponencia de una inglesa que se dedicaba a concienciar al personal de los efectos nocivos de la gordura. Iba de pub en pub convenciendo a los maestros bebedores de pintas. Iba de bar de carretera en bar de carretra, refugio de camioneros, midiéndoles la cintura y dándoles buenos consejos. Incluso había puesto un stand en una convención de Harley Davidson para convertir en personas sanas a los Ángeles del Infierno. Durante los días que duró el congreso realizó un estudio en la Plaza España frente a la escultura de Agustín Querol, pero no le había dado tiempo a procesar los datos. Me lo pasé bien en el Cachirulo. Ya le he dicho a Silvia que se apunte al próximo congreso de problemas de hígado #La foto corresponde al motivo que Pepé Cerdá pintó con motivo del Congreso ´Fe de erratas. Donde acabo de decir motivo, digo que pintó para el VIII Congreso de la SEEDO |