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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.
Todos los domingos de primavera, en los que las mañanas soleadas permiten desayunar al aire libre, me gusta levantarme bastante temprano con la sensación de que media hora más de cama hubiese sido remedio suficiente para estar fresco durante todo el día. Dejo a Laura dormida. Suelo apoyar con suavidad el nórdico sobre su cuello desnudo y me quedo contemplando su respiración ensimismada por unos breves instantes. Luego bajo a comprar el Heraldo al kiosco de la plaza San Pedro Nolasco que está enfrente del edificio anaranjado del Museo del Teatro Romano. El ritual de lectura del Heraldo no ha variado a lo largo de los años. Comienzo desde la contraportada en una marcha atrás informativa que finaliza con las noticias de local. Han cambiado columnistas, directores, suplementos incluso formatos, cada vez más pequeños. Con lo bonitas que eran esas páginas sábana de mi infancia capaces de cubrir el suelo de un apartamento con un sólo ejemplar para los días de reformas en casa, o lo útiles que eran las hojas de los anuncios clasificados por palabras para fabricar figuritas de papel maché. En un acto de rebeldía sin causa me resisto a sucumbir a las leyes del Marketing que sitúan los anuncios más caros en las páginas impares. Hay otros hábitos de las mañanas de los fines de semana que han permanecido invariables, como el vermú casero endulzado con sifón de Bodegas Cabrera o tomar un par de salmueras en cazalla de los Almau, mientras observo colgado en la pared un calendario de los años treinta, atrapado en el tiempo, en el que todos los días son doce de octubre. Por el contrario otras costumbres se han diluido con los años convirtiéndose en simples ecos de un pasado casi olvidado. La mayoría de estas rutinas estaban marcadas por el carácter estrafalario de mi padre, quien me despertaba poco después del amanecer para que le acompañase en la búsqueda de lo que consideraba tesoros perdidos que estaba convencido iba a encontrar más pronto o más tarde. Mi padre jamás fue lo que se considera un tipo corriente que tuviese un comportamiento similar al del resto de los padres. Fumaba en pipa en vez de llevar un paquete arrugado de Ducados en los bolsillos. Presumía de no haber tenido que pegar un palo al agua en toda su vida. Cobraba unas rentas exiguas de unos locales comerciales que había recibido en herencia de mis abuelos, fallecidos en un accidente cuando todavía era adolescente. La cantidad de dinero que conseguía con sus propiedades inmobiliarias nos daba para vivir al día, sin necesidad de que mi padre trabajase, pero no nos proporcionaba lo suficiente para alcanzar el nivel de la clase media de la época. La precariedad se agravaba debido a las aficiones que había desarrollado en el mucho tiempo libre que disponía. La más sangrante para la economía familiar consistía en la peregrinación anual a la tumba de Chesterton en Beaconsfield, donde se fumaba un puro de los buenos y se bebía el contenido de media petaca llena de Oporto, la otra mitad la vertía sobre el enterramiento del escritor inglés a modo de libación. Recuerdo una vez que lo acompañé al estanco de la calle San Jorge para comprar el puro que se iba a fumar con C. K. Chesterton, después de saludar con familiaridad al estanquero pidió el puro más caro que tuviese. El viaje duraba alrededor de una semana, al cabo de la cual regresaba a casa feliz como un niño y nos relataba su estancia en el cementerio de Shepherd´s Lane a las afueras de Beaconsfield. Nos contaba como el otoño tejía una alfombra de hojas ocres que cubrían los zapatos negros de cordones que acostumbraba calzarse. Nos contaba como la temperatura obligaba a llevar una bufanda que se retiraba de la boca par poder tragar el humo del habano, que sujetaba con unos guantes de cuero que tenían la yema de los dedos desgastada por el uso. También nos describía a un señor vestido con una gabardina gris, que debido a una cojera se desplazaba ayudado de un bastón de ébano rematado por una empuñadura de marfil, al que se encontraba en todas las ocasiones en las que se acercaba a esta pequeña localidad a treinta kilómetros al noroeste de Londres y con el que jamás cruzó una palabra Los primeros años que fui consciente del viaje anual de mi padre, esperaba ansioso su regreso, creyendo que me traería algo de Inglaterra, ya que cuando se despedía de mi madre y de mi mismo nos prometía regalos fastuosos, pero todos los años volvía con las manos vacías a excepción de un bote de cristal de los que se emplean para realizar conservas lleno de tierra del jardín de la casa de Chesterton, que consideraba como el mejor presente que se pudiese hacer a nadie. Al principio mi madre todavía empleaba la tierra en alguna maceta para plantar flores de colores vivos que diesen alegría a nuestra terraza, o a ella misma que la necesitaba. Hubo un año, después de que me independizara que me invitó a compartir la “experiencia del tributo”, como solía denominarla; pero me negué con rotundidad, por un lado me atraía la idea de ver al señor cojo de la gabardina y fumar dentro de un mar de hojas de árboles caducifolios, sin embargo tenía miedo de que me gustase y perpetuase unas prácticas que había odiado durante mucho tiempo. No tenía la intención de convertirme en lo mismo que había sido él, me aterraba pensar en que pudiese terminar siendo un clon de mi padre. La excentricidad de la que si que me logró hacer partícipe fue de la búsqueda infructuosa de un juego de diapositivas perdido. Los domingos muy temprano cuando todavía los músculos y las neuronas se encuentran aturdidos pensando que hacen tan lejos de la comodidad de un buen colchón y la placidez de una manta. Mi padre me despertaba y me llevaba a pasear por la calle san Pablo para desayunar unos churros recién hechos, luego a los pies de la torre mudéjar me contaba historias de la etapa islámica de Zaragoza, de Saraqusta aunque él prefería llamarla Medina Albaida. Le fascinaba la leyenda de dos santones musulmanes enterrados en Zaragoza por la que se la denominaba como la ciudad blanca a causa de la luz blanquecina de santidad que emanaba la tumba de ambos. Frente a la iglesia de San Pablo me decía con una seriedad que asustaba que el monumento funerario de Hanash Assananí y de Alí Allajmí se encontraba bajo el ábside y que al estar unos tres metros bajo tierra era por lo que no se podía comprobar el resplandor que emitían los restos. Acto seguido cruzábamos conde Aranda en dirección a la plaza de toros en cuyos aledaños tenía y tiene lugar uno de los mayores espectáculos que se pueden contemplar en la ciudad, el rastro. Una verdadera corte de los milagros exponía objetos de la más variada condición y procedencia. Se podía comprar cencerros oxidados que hacía tiempo habían dejado de ser utilizados, arcos de violín con las cuerdas rotas, cajas de hojalata, revistas pornográficas con chicas desnudas en la portada, resbalones de cerraduras desvencijadas, regaliz de palo, viejas botellas con el contenido medio evaporado por la acción del sol. Un sinfín de cosas, la mayoría de ellas inútiles; pero con un valor que carecía de lógica, que escapaba de las reglas básicas de la Economía, excepto para mi padre y para todos aquellos que se pasaban horas y horas revolviendo entre montones caóticos de cachivaches. Mi padre llevaba buscando desde mucho tiempo antes de que yo naciera un carro de diapositivas que alguien debió robar de la Universidad de Zaragoza, con bastante probabilidad durante su traslado del viejo edificio cercano a la Madalena a su actual emplazamiento en la plaza san Francisco. Las diapositivas se trataban del soporte documental que trajo Howard Carter para las conferencias que impartió en Madrid y Zaragoza a finales en mayo de 1928 invitado por la Residencia de Estudiantes de la capital, cuatro años después del descubrimiento que le catapultó a la fama. Carter las donó al departamento de Historia Antigua de Zaragoza. Un arqueólogo valenciano le comunicó a mi padre la existencia de las diapositivas de soporte de cristal en las que aparecerían objetos recuperados durante sus campañas en el delta del Nilo con los palacios, templos y mastabas del valle de los Reyes. Desde aquel día se lanzó en una búsqueda por tiendas de antigüedades, chamarileros, puestos ambulantes en mercados al aire libre y en cualquier otro lugar susceptible de tener a la venta las imágenes tomadas con la cámara Hasselblad de seis por seis de Carter. De esta manera entré en contacto con un submundo de mercaderes sin escrúpulos capaces de vender la dentadura de su abuela por un par de billetes de tres ceros. Conocí a coleccionistas ávidos a los que no les importaba hacer cientos de kilómetros hasta Barcelona para encontrar la tarjeta postal que les faltaba de los grabados conmemorativos del primer centenario de los sitios de Zaragoza o para conseguir una primera edición del bosque animado firmada por Wenceslao Fernández Flórez. Reconozco que me gustaba ayudar a mi padre a buscar las imágenes en el rastro, coger cada una de las diapositivas con cuidado, evitando dejar las huellas dactilares o la grasa de los churros rebozados en azúcar que desayunaba medio dormido. Ponerlas a contraluz intentando reconocer ejemplos de arquitectura egipcia en las placas de dimensiones reducidas. Los responsables de los puestos solían guardarnos las cajas de diapositivas que luego repasábamos entre personas nerviosas que removían publicidad de comercios ya inexistentes o fotografías en blanco y negro. De entre todos los empresarios de la nostalgia destacaba un hombre delgado, enjuto, por lo general mal afeitado y que vestía siempre un jersey de cuello de pico verde oliva, repleto de manchas de aceite. Se llamaba Celso, tenía el pelo aceitoso con greñas y un sentido del humor peculiar que sacaba de quicio a mi padre, tal vez por ello llegué a cogerle cierto aprecio. Recuerdo que intentaba hacerle rabiar –Si quiere imágenes bonitas, tengo souvenirs turísticos. Una cámara de esas que se aprieta un botón y se ven cosas que merecen la pena. Tome esta que se ve la Seo, el arco del Deán y si uno se fija bien hasta las palomas del Pilar-. La verdad es que si que se veían las palomas, pero nadie excepto yo sabía lo que buscaba mi padre. Se había guardado mucho el decir cuál era el objeto de sus pesquisas, pues estaba convencido que si la gente se enteraba intentaría arrebatarle la gloria del descubrimiento o quizá la Universidad como legítima propietaria de la donación de Carter reclamara sus derechos. Poco a poco se fue derrumbando el mito, el influjo que mi padre ejercía sobre mi se fue debilitando, erosionándose por unos gustos más acordes con mi edad. Las chicas, mi vecina Carlota de la que me enamoré y la que jamás le dije una palabra que no fuera hola y adiós cuando nos encontrábamos en la escalera; o jugar al fútbol imaginándome un jugador del Real Zaragoza que marca un gol en el descuento de la final de la Copa del Rey. Perdí todo interés en las leyendas moriscas de santos fluorescentes, en Chesterton y eso que me regaló una edición cuidadísima de El hombre que fue jueves o en buscar nada que tuviese que ver con Howard Carter. Mi madre murió resignada. Sabía que nada podía hacer para cambiar al hombre con el que había decidido compartir su vida, quizá si hubiese sido más joven se hubiese separado, pero en el fondo quería a ese ser estrafalario capaz de sorprenderla de lo mejor y de lo peor; de hecho con toda probabilidad era lo que le atraía de él. Tras quedarse viudo mi padre bajo el ritmo de sus excentricidades, sin embargo se mantuvo fiel a su viaje anual a Beaconsfield y a traerme tierra del jardín de la residencia de Chesterton. No hace muchos días por motivos laborales tuve que buscar en Internet lazos entre Egipto y Aragón para un programa de inversiones de la Cámara de Comercio en la zona del Cairo, entre las muchas páginas que visité hallé una que empleaba imágenes de una excavación arqueológica de los años veinte. Los salacottes, los pantalones bombachos gris piedra, los bigotes infinitos y las patillas frondosas hicieron que me acordase de mi padre discutiendo con Celso en el rastro de la plaza de toros. Aunque llevaba retraso en la redacción del anteproyecto de la Cámara de Comercio intenté averiguar la procedencia de las fotos que aparecían en la pantalla. La investigación me llevó a una página Web de subastas que vendía un lote de viejas fotografías y diapositivas procedentes de Zaragoza. Me entró miedo y cerré inmediatamente la página. No sé si era lo que fue buscando mi padre durante más veinte años, pero no tengo ninguna intención de heredar sus aficiones, porque tengo el presentimiento que en el fondo los dos somos iguales; de momento prefiero levantarme los domingos temprano y dejar a Laura dormida, apoyar con suavidad el nórdico sobre su cuello desnudo y quedarme contemplando su respiración ensimismada por unos breves instantes, para luego bajar a comprar el Heraldo al kiosco de la plaza San Pedro Nolasco que está enfrente del edificio anaranjado del Museo del Teatro romano. #LA imagen podría haber sido una de las del juego de diapositivas. Se aprecia a Carter trabajando Este verano no pude visitar la tumba de Chateaubriand en Saint Malo. La marea hace imposible acceder al montículo, que contempla la muralla de la ciudad bretona. Sólo las gaviotas y los nadadores que desafían a las olas son capaces de vencer la fuerza gravitacional de la luna. Chateaubriand menciona tres veces Zaragoza en las Memorias de Ultratumba BkXIX:Chap17:Sec1 Mentioned. BkXX:Chap7:Sec2 The fall of the town 21st February 1809. BkXX:Chap9:Sec2 Prisoners from there held at Grenoble in 1809. #La imagen corresponde al Grand Bé, que es así como se llama el macizo rocoso en el que se encuentra la tumba de Chateaubriand . Se trata de un cuadro de D´Isabey de 1866 El lunes encontré una notificación de Correos en mi buzón. Me anunciaba que había llegado un envío a mi nombre a la oficina del Potillo, junto a la semiderruida estación. Llevaba la anotación Saca M, escrita en boli Bic de color azul y rodeada de un círculo. Se trataba de unos libros que había comprado por Internet en Strand. Por la tarde fui a recogerlos con Silvia. No fue difícil deducir porque se mencionaba la Saca M. El funcionario de Correos sacó una saca del Servicio postal suizo con la letra M mayúscula y unas bridas para impedir que se saliese el contenido del paquete. El material era algo parecido a la sarga, como el empleado en los sacos de patatas. Teníamos que hacer más recados por la ciudad. así que fuimos paseando con nuestro saco de dimensiones considerables. Silvia y el hombre del saco yendo a firmar el contrato de alquiler de un garaje. Silvia y el hombre del saco mirando ropa de abrigo en las rebajas. Silvia y el hombre del saco observando carritos de bebe y comprobando su maniobrabilidad. La textura áspera del saco suizo (Qué horror, parece el título de una novela de Kundera) me peló las manos. Al llegar a casa parecía que hubiese estado jugando de zaguero en un doble por parejas del Jai-Alai de San Sebastián. Abrí la saca y había un paquete bien embalado. En su interior, envueltos en papeles de periódico con crónicas de las derrotas de los Knicks, se encontraban los tres volúmenes que había encargado La primera edición de Mr Vértigo , con la sobrecubierta diseñada por Art Spiegelman . Los trazos de Spiegelman son reconocibles. El niño que aparece cabeza abajo conserva los rasgos ratoniles de los protagonistas de Maus. La primera edición de Oracle Night firmada por el propio Auster y dedicada a un misterioso Xavier. La firma es más amable que los otros dos libros que tengo autografiados por Auster, parece más sincera; sin tanta prisa. El tercer libro es un estudio crítico sobre Kitaj. Un capítulo está dedicado a su obra inspirada en la Guerra Cvil. Se menciona con exhaustividad el Frente de Aragón. Mientras lo estaba ojeando sobre nuestro sofá de Ikea marrón chocolate, Silvia estaba viendo una película inglesa sobre un brigadista que viene a la batalla de Teruel. Estaba protagonizada por Penélope Cruz y Charlize Theron. Sobre un manto de nieve, que cubría las cercanías de Teruel, los brigadistas se alejaban con sacos similares al que había estado paseando entre los porches del Paseo Independencia. Me fui a la cama #La imagen corresponde a la portda americana de Mr Vertigo, diseñada por Art Spiegelman Hay espacios de los que es imposible desprenderse. Lugares que se repiten de una manera tan frecuente que escapan de las leyes del azar. Sitios que nos marcan su impronta al rojo vivo en nuestra memoria. Puede que sea una calle, un balcón o el reflejo del sol sobre un charco. El casco antiguo de Zaragoza produjo ese efecto en la prosa de Jarnés. En 1990 la editorial Aguilar en colaboración con Turespaña publicó un libro sobre rutas literarias en España, llevaba el título tan original de Rutas Literarias de España. Tenía tantos capítulos como comunidades autónomas. El dedicado a Aragón estaba escrito por Ildefonso Manuel gil y se centraba exclusivamente en la figura de Jarnés. Proponía recorrer en tres días varias localidades aragonesas acompañados de las novelas de Jarnés. El primer día se debái visitar Alhama de Aragón y el Monasterio de Piedra que aparecen en en Paula y Paulita bajo los nombres de Aguas Vivas y Abadía de los Fresnos. El segundo día se pasaría en Augusta, la Zaragoza jarnesiana; y el tercero en Daroca y Albarracín. En Augusta se desarrollan la mayoría de las novelas de Jarnés, El profesor inútil (1926), El convidado de Papel (1928), Locura y muerte de nadie (1929). Teoría del zumbel (1931). Lo rojo y lo Azul (1932) y La novia del viento (1940). Un ejemplo del espacio zaragozano descrito por las palabras de Jarnés se puede leer en el Convidado de Papel. El paseo de un seminarista desde la Plaza San Carlos hasta la arboleda de Macanaz. Al leer el artículo tuve la curiosidad de hacer el mismo recorrido intentando visualizar las calles y las plazas de ochenta años antes. " La ruta de angostas callejuelas se ensancha dos veces, en dos plazas tan singulares que no parecen abrirse en la misma ciudad. Hay en la primera un mercado, denso de gritos bronos, de acres olores de huerto y de establo, ceñido por edificios alegres, nuevos o modenizados, con acceso al corazón de la ciudad por una ancha calle recién contruida, donde la joya auténtica de un palacio plateresco fue sustituida por un Monte de Piedad, acogedor de todas las formas vergonzantes de Augusta. Un valor arqueológico perdido a cambio de un moderno valor filantrópico más accesible a la sensibilidad del buen burgués. Poco más tarde salen a la segunda plaza. Ésta es más ancha, sin greguerías plebeyas y perfumes de matadero. Aquí solo se percibe un sutil perfume de siglos heroicos y de acacias municipales. En medio de las acacias se alza una fuente donde una mujer bíblica vacía perennemente dos cántaros en la taza. Hay jardincillos en torno a la fuente, muros blasonados en torno a los jardincillos. A un costado, la fachada gris de un templo. Al otro la de un palacete pintado de ocre Todos los Segundo izquierda se parecen pero no son iguales. El aspecto exterior es similar. Una puerta de madera dentro de un marco barnizado, sin embargo tras la mirilla pueden esconderse mundos diversos, casi antagónicos. Llevaba años queriendo visitar el taller de Óscar Sanmartín. Sabía por Tausiet que se encontraba en la Calle Concepción, prácticamente puerta con puerta de la que fue su casa. Conocía el rellano por varias conversacionees. Sabía que en la puerta de la ex casa de Tausiet había un rótulo pegado que decía "Mounstruos no", en cierto modo es como los graffitti apotropaicos de la Pompeya prevesubiana, pero en vez de ahuyentar malos epirítus mantiene alejados a los vendedores de enciclopedias, agentes de Círculo de Lectores y testigos de Jehová que van vendiendo la salvación eterna los domingos a la hora del vermú. Hace dos semanas tuve la oportunidad de visitar el taller de Óscar Sanmartín. Un compañero de trabajo es amigo suyo. Concertó una visita a las nueve de la noche, que es una hora estupenda para ver arte. Los faros de los coches se alejaban entre la niebla y se respiraba el ambiente cargado de humedadlegamos a la calle Concepción. Usamos el portero automático. La voz de una señora de mediana edad pregunto quiénes éramos. Mi compañero de trabajo contesto que clientes, "clientes, clientes, llegan los clientes". Subimos en ascensor. Nos abrió la puerta una señora en bata de andar por casa de tono pastel con rulos en la cabeza. Evidentemente no era Óscar Sanmartín, ni vendía dioramas. Nos explicó que en el tercero vivía un Óscar pero era muy joven para ser artista. Nos habíamos equivocado. Éstábamos en un edificio equivocado. Salimos y pulsamos el portero automático del portal contiguo. La voz de un adolescente nos hizo intuir que también habíamos fallado esta vez. Nos quedaba un intento. Nos desplazamos a un tercer edificio. El zumbido del interfono le resultaba familiar. No hubo respuesta. Utilizamos la solución del siglo XXI, que no es otra que el móvil. Era esa casa, pero había bajado un momento al bar de la esquina a tomar un café. P.D. Qué bueno es Óscar Sanmartín. es una delicia escuchar la expliación de sus obras. La imagen corresponde a Houdini efectuando uno de sus números de escapismo. Entre las múltiples explicaciones de Óscar Sanmartín destacaba la un diorama en el que aparecen sus cásicos carros con imágenes retocadas del barroco. Había sustituido el rostro de Cristo por el de Houdini en su aparición al incrédulo de Santo Tomás. El cambio se basa en la leyenda popular que analiza los intentos de Houdini por ponerse en contacto con su mujer una vez muerto. |